Desafio Teorico de La Izquierda - Sader

March 8, 2019 | Author: Agustin307 | Category: Nationalism, Left Wing Politics, Guerrilla Warfare, Fascism, Communism
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El nuevo topo - capitulo 4. Emir Sader. El desafio teórico de la izquierda latinoamericana....

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Lugo, que buscan asimilarlos a sus antecesores, sin establecer las debidas diferencias y realizando análisis parciales y deformados que ignoran el carácter contradictorio de esos gobiernos y des acreditan abiertamente sus elementos positivos. Existen dos estrategias posibles ante gobiernos contradictorios e híbridos como los que hemos mencionado. Una de ellas es la oposición frontal, como ya dijimos. Sus consecuencias son el aisla mient o y la reducción a políticas doctrinarias y ultraizquierdistas, ultraizquierdistas, sin ninguna capacidad de acumulación de fuerzas y de construc ción de proyectos y bloques alternativos. Es una estrategia comprometida con la concepción de que el gobierno, ya sea el de Lula, el de Kirchner o el de Tabaré, es el enemigo fundamental que de be ser derr otad o. Y dado qu e esos gobier nos serían la nueva derecha, es válido incluso hacer alianzas con la derecha tra dicional para vencerlos. La segunda estrategia es la alianza con los sectores progresistas de esos gobiernos, con el fin de fortalecer los elementos que con centran el ataque contra la hegemonía del capital financiero, los acuerdos con el agronegocio, la autonomía del Banco Central y otros tantos aspectos negativos. Esas son las únicas dos posiciones políticas posibles, pero sólo una de ellas promueve la articulación con los procesos latinoame ricanos vividos en la actualidad por los venezolanos, bolivianos, ecuatorianos y cubanos, e inaugura una acumulación de fuerzas para el campo de la izquierda.



4. El desafío teórico de la izquierda latinoamericana

LA ORFANDAD DE LA ESTRATEGIA

América Latina, un continente de revoluciones y contra rrevoluciones, carece de pensamientos estratégicos que orienten procesos políticos ricos y diversificados que estén a la altura de los desafíos que enfrenta. A pesar de contar con una fuerte capaci dad analítica, importantes procesos de transformación y dirigentes revolucionarios emblemáticos, el continente no pro dujo la teoría de su propia práctica. Las tres estrategias históricas de la izquierda contaron con fuerzas vigorosas en su liderazgo -partidos socialistas y comunis tas, movimientos nacionalistas, grupos guerrilleros- y condujeron experiencias de profunda significación política: la Revolución Cubana, el gobierno de Salvador Allende, la victoria sandinista, los gobiernos posneoliberales en Venezuela, Bolivia y Ecuador, la construcción de poderes locales, como en Chiapas, y prácticas de presupuestos participativos, de las cuales la más importante ocurrió en la ciudad de Porto Alegre. Sin embargo, no contamos con grandes síntesis estratégicas que nos permitan usar los balances de cada una de esas estrategias, ni tampoco con un conjunto de reflexiones que favorezca la formulación de nuevas propuestas. El hecho mismo de que esas tres estrategias hayan sido desarro lladas por fuerzas políticas distintas hace que no ocurran procesos comunes de acumulación, reflexión y síntesis. Mientras los parti dos comunistas tuvieron una existencia realmente concreta, promovieron procesos de reflexión sobre sus propias prácticas. Mientras existió, la OLAS hizo lo mismo con los procesos de

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lucha armada. Los movimientos nacionalistas, en cambio, no esta blecieron entre sí intercambios suficientes para fomentar algo similar. Hoy, las nuevas prácticas no estimulan la elaboración teó rica ni la problematización crítica de las nuevas realidades. Las estrategias adoptadas en el continente, sobre todo en sus primeros tiempos, sufrieron el peso de los vínculos internaciona les de la izquierda latinoamericana con los partidos comunistas en especial, pero también con los socialdemócratas. La línea de "clase contra clase", por ejemplo, implantada en la segunda mitad de los años veinte y que dificultó la comprensión de las formas políticas concretas de respuesta a la crisis de 1929 -de las cuales el gobierno de Getúlio Vargas en Brasil es sólo una de las excepcio nes, al lado del efímero gobierno socialista de doce días en Chile y de manifestaciones similares en Cuba-, fue una importación directa de la crisis de aislamiento de la Unión Soviética en rela ción con los gobiernos de Europa occidental, y no una inducción a partir de las condiciones concretas vigentes en el continente. Las movilizaciones lideradas por Farabundo Martí y por Augusto Sandino nacieron de condiciones concretas de resisten cia a la ocupación estadounidense y expresaron formas directas de nacionalismo antiimperialista. Los procesos de industrializa ción en la Argentina, Brasil y México surgieron como respuestas a la crisis de 1929. No se asentaron, por lo menos inicialmente, en estrategias articuladas. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEl'AL) teorizó situaciones cuando, ya al comenzar la segunda posguerra, se abocó a elaborar la teoría de la industrialización sustitutiva de importaciones e, incluso así, era una estrategia económica. Tampoco la revolución boliviana de 1952 diseñó una línea de acción estratégica propia, sólo puso en práctica ciertas reivindicaciones, como la universalización del voto, la reforma agraria y la nacionalización de las minas. Así, ni el nacionalismo ni el reformismo tradicional asentaron su acción en estrategias, sino que respondieron a demandas eco nómicas, sociales y políticas. Cuando la Internacional Comunista definió su posición de Frentes Antifascistas, en 1935, la aplicación de la nueva orientación se topó con las condiciones concretas vivi das por los países de la región. Si la línea de "clase contra clase"

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respondía a las condiciones particulares de la Unión Soviética, la nueva orientación respondía a la expansión de los regímenes fas cistas en Europa. Ninguna de ellas tenía en cuenta las condiciones de América Latina, asimilada a la periferia colonial, sin una identidad particular. Esa inadecuación tuvo varios efectos concretos. El movimiento liderado por Luís Carlos Prestes en 1935 se mantuvo a horcajadas entre dos líneas: por un lado, organizaba una sublevación cen trada en tenientes; por otro lado, no pregonaba un gobierno obrero-campesino sino un frente de liberación nacional, en res puesta a la línea más amplia de la Internacional Comunista. La forma de lucha correspondía a la línea radical de "clase contra clase", y el objetivo político, al frente democrático. El resultado fue que el movimiento se aisló de la "Revolución del 30" dirigida por Getúlio Vargas, de carácter nacionalista y popular. El Frente Popular en Chile importó el lema "antifascista" sin que el fascismo se hubiera expandido por el continente. Lo que hubo fue una transposición mecánica del fascismo europeo hacia América Latina, con todos los correlatos de equívocos posibles. Allí, el fascismo se identificó con el nacionalismo y el antilibe ralismo, sin ningún sentido antiimperialista. El nacionalismo europeo estuvo marcado por el chauvinismo, por la supuesta superioridad de un Estado nacional sobre los otros y por el antili beralismo, incluso la democracia liberal. La burguesía ascende nte asumió la ideología liberal como instrumento para destrabar la libre circulación del capital de los límites feudales. En América Latina, el nacionalismo reprodujo el antilibera lismo político y económico, pero asumió una posición antiimperialista por la inserción misma de la región en la perife ria -en nuestro caso, estadounidense, lo que nos situó en el campo de la izquierda-. Sin embargo, las transposiciones mecáni cas de los esquemas europeos del fascismo y del antifascismo llevaron a algunos partidos comunistas de aquel período (en Brasil Brasil y la Argentina, por ejemplo) a caracterizar a Jua n Do ming o Perón y a Getúlio Vargas, Vargas, en ciertos mome ntos, como re product o res del fascismo en América Latina. Debido a ello, fueron identificados como los adversarios más férreos que debían ser

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combatidos. El Partido Comunista de la Argentina, por ejemplo, se alió contra Perón en las elecciones de 1945, no sólo con el can didato liberal del Partido Radical, sino también con la Iglesia y la embajada estadounidense, respondiendo a la idea de que toda alianza contra el mayor enemigo, el fascismo, era válida. La mayor confusión se produjo no sólo en relación con el nacionalismo, sino también con el liberalismo, que en Europa fue la ideología de la burguesía ascendente, mientras que en América Latina las políticas de libre comercio del liberalismo eran patri monio de las oligarquías primario-exportadoras. No sólo el nacionalismo tiene luz verde aquí, también el liberalismo. Fue ese fenómeno el que provocó la disociación entre cuestio nes sociales y democráticas, y la asunción de las cuestiones sociales por parte del nacionalismo, en detrimento de las demo cráticas. El liberalismo siempre intentó apoderarse de la cuestión democrática, y acusó a los gobiernos nacionalistas de autoritarios y dictatoriales, mientras éstos acusaban a los liberales de gobernar para los ricos y de no tener sensibilidad social, reivindicando para sí la defensa de la masa pobre de la población. Sólo un análisis concreto de las situaciones concretas habría permitido apropiarse de las condiciones históricas específicas del continente y de cada país. Análisis como los realizados por el peru ano José Carlos Mariátegui, el cuba no Julio Antoni o Mella, Mella, el chileno Luis Emilio Recabar ren y el brasileño Caio Prado Jr., entre otros, todos ellos análisis autónomos que las direcciones de los partidos comunistas a las que pertenecían sus autores no tu vieron en cuenta. En cambio predominaron las ideas de la Internacional Comunista, que contribuyeron a dificultar el arrai go de los partidos comunistas en esos países. Cuando el nacionalismo fue asumido por la izquierda, lo fue como fuerza subordinada en alianzas con liderazgos populares que representaban un bloque pluriclasista. Ese largo período no fue teorizado por la izquierda. Las alianzas y las concepciones de los frentes populares no daban cuenta de ese nuevo fenómeno en el que el antiimperialismo sustituía al antifascismo con caracterís ticas muy diferentes. La revolución boliviana de 1952 fue objeto de interpretaciones

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enfrentadas porque contenía elementos nacionalistas -como la nacionalización de las minas de estaño- y populares -como la reforma agraria-. Pero la participación activa de milicias obreras que sustituyeron al Ejército, la presencia de una alianza obrerocampesina y las revoluciones anticapitalistas posibilitaron otras teorizaciones sobre lo que existía embrionariamente en aquel movimiento pluriclasista: desde un movimiento nacionalista clá sico, nacional y antioligárquico, hasta las versiones que le darían un carácter anticapitalista. La Revolución Cubana cuenta con dos tipos de análisis: el de Fidel, de tipo programático, en La historia me absolverá? y el del Che, en La guerra de guerrillas? sobre la estrategia de construcción de la fuerza político-militar y de lucha por el poder. El texto que Fidel pergeñó como defensa en el proceso contra los atacantes del Cuartel Moneada es un extraordinario análisis de elaboración de un programa político a partir de las condiciones concretas de la socie dad cubana de la época. El análisis del Che describe puntualmente cómo la guerra de guerrillas articuló la lucha político-militar, desde el núcleo guerrillero inicial hasta los grandes destacamentos que compusieron el ejército rebelde, resistió la ofensiva del Ejército regular y desató la ofensiva final que los llevó a la victoria. Con todo, ya sea por no existir reflexión al respecto, ya sea para mantener el elemento sorpresa -importante para la victoria-, no hubo un análisis público del carácter del movimiento -si era sólo nacionalista, o si era embrionariamente anticapitalista-. La Revo lución Cubana fue constituyendo, a la luz de los enfrentamientos concretos, su estrategia de rápido pasaje de la fase democrática y nacional a la fase antiimperialista y anticapitalista, conforme la dinámica entre revolución y contrarrevolución iba imponiendo las definiciones. Esa trayectoria no fue tanto motivo de reflexión como sí lo fueron las formas de lucha, y en particular la guerra de guerrillas. Ese fue el gran debate en América Latina después del 0

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30 Fidel Castro, La historia me absolverá, Buenos Aires, Nuestra América, 2007. 31 Ernesto "Che" Guevara, La guerra de guerrillas, Buenos Aires, Aires, Ocea n Sur, 2005.

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triunfo cubano: las formas de lucha. ¿Vía pacífica o vía armada? ¿Guerra de guerrillas rurales o guerra popular? La articulación de las cuestiones nacional y antiimperialista con las cuestiones anticapitalista y socialista fue menos discutida y elaborada. Las experiencias guerrilleras reprodujeron ese debate, de la misma forma en que el gobierno de la Unidad Popular lo hizo en Chile. Los gobiernos nacionalistas militares, en particular el gobierno peruano de Velasco Alvarado, pero también con menos profundidad los de Ecuador y Honduras, reinstalaron la temática del nacionalismo; sin embargo, su carácter militar no propició su teorización y tampoco fue considerada una alternativa estratégica por la izquierda de aquel momento. El proceso nicaragüense incorporó las experiencias anteriores de estrategias de lucha por el poder y elaboró una plataforma de gobierno poco definida, adaptada a factores nuevos, de los cuales los más importantes fueron la incorporación de los cristianos y de las mujeres a la militancia revolucionaria y una política exterior más flexible. Fue enfrentando empíricamente los obstáculos que encontró -en especial, el asedio militar de los Estados Unidos-, sin contribuir con teorías sobre la práctica que desarrollaba. Así como ocurrió con el caso de la Unidad Popular, la expe riencia sandinista fue objeto de una vasta bibliografía, pero no se puede decir que haya conducido a un balance estratégico claro que pudiera dejar una experiencia para el conjunto de la izquierda. El debate sobre Chile estuvo presente en las discusio nes de la izquierda en todo el mundo y, por eso, perdió su especificidad como fenómeno chileno y latinoamericano. Los debates sobre Nicaragua, por el contrario, tendieron a centrarse en aspectos importantes como, por ejemplo, las cuestiones éticas, pero no produjeron un balance estratégico de los once años de gobierno sandinista. Cuando en el mundo la izquierda atravesaba su momento de mayor debilidad, en Brasil se destacaba como una excepción, a contramano de las tendencias generales, sobre todo de los cam bios regresivos radicales en las correlaciones de fuerza inter nacionales. Lula se proyectó como alternativa de dirección política ya en las primeras elecciones, en 1989, al llegar a la se-

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gunda vuelta; por primera vez, la izquierda aparecía en Brasil como fuerza alternativa real de gobierno -en el año de la caída del Muro de Berlín y del fin del campo socialista, con fuertes indi cios de disgregación de la Unión Soviética y del triunfo de los Es tados Unidos en la Guerra Fría y con el retorno a un mundo unipolar, bajo la hegemonía imperial estadounidense-. Por ese entonces , Carlos Men em y Carlos André s Pérez triunfa ban en la Argentina y en Venezuela, respectivamente, y no sólo extend ían así las experiencias neoliberal es a fuerzas fuerzas nacionalistas y socialdemócratas, sino que apuntaban a la generalización de esas políticas en el continente. A eso se sumó la elección de Fer nando Collor de Mello, que había derrotado a Lula en Brasil, y la Concertación (alianza de la Democracia Cristiana con el Partido Socialista) en Chile, en 1990. En febrero de ese mismo año el sandinismo fue derrotado en las urnas. Cuba ya había entrado en el "período especial", durante el cual enfrentaría, con grandes difi cultades, las consecuencias del fin del bloque socialista al que estaba estructuralmente integrada. En ese momento, en Brasil se concentraban experiencias que aparentemente hablaban de una nueva vertiente de la izquierda -postsoviética, según algunos; postsocialdemócrata, según otros-. Además de Lula y del PT, los años ochenta habían visto surgir a la CUT, la primera central sindical legalizada en la historia del país; al MST, el más fuerte e innovador movimiento social en el país, y el crecimiento de las políticas de presupuesto participativo en las municipalidades, en general bajo las directivas del PT. Por todos estos factores, la ciudad brasileña de Porto Alegre más tarde sería elegida sede de los FSM. Se proyectaron así sobre la izquierda brasileña, y en particular sobre el liderazgo de Lula y sobre el partido petista, grandes espe ranzas de que se abriría un nuevo ciclo de una izquierda renovada. Sin entrar en el análisis detallado de una experiencia tan compleja como la del PT y el liderazgo de Lula, es preciso des tacar que, desde el comienzo, se proyectaron sobre ambos expectativas que no tenían fundamento en experiencias concre tas ni en los rasgos políticos e ideológicos que esas experiencias asumieron con el paso del tiempo.

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Componentes de la izquierda anterior y de corrientes interna cionales hicieron de Lula no sólo un dirigente obrero clasista, vinculado a las tradiciones de los consejos obreros, sino un diri gente de un partido de izquierda gramsciano, de un nuevo tipo, democrático y socialista. Lula no era nada de eso, pero tampoco era un dirigente a imagen y semejanza de aquello en lo que se había convertido el PT. Se formó como dirigente sindical, de base, en la época en que los sindicatos estaban prohibidos por la dictadura; un dirigente negociador directo con las entidades patronales, un gran líder de masas, pero sin ideología. Nunca se sintió vinculado a la tradición de la izquierda, ni a sus corrientes ideológicas, ni a sus experiencias políticas históricas. Se afilió a una izquierda social -si podemos considerarla de ese modo-, sin tener necesariamente vínculos ideológicos y políticos con ella. Buscó mejorar las condiciones de vida de la masa trabajadora, del pueblo o del país, según su vocabulario se fue transformando a lo largo de su carrera. Se trata de un negociador, de un enemigo de las rupturas, por lo tanto, de alguien sin ninguna propensión revolucionaria radical. Esos rasgos deben ser enmarcados en las situaciones políticas que Lula enfrentó hasta convertirse en el Lula real. Sólo así se podrá intentar descifrar el enigma Lula. Uno de los elementos de la crisis hegemónica latinoamericana es la falta de teorización al respecto. Con excepción del caso boli viano, que puede apoyarse en las producciones del grupo Comuna, en general los avances de los procesos posneoliberales ocurrieron por ensayo y error, y sobre los eslabones de menor resistencia de la cadena neoliberal. Ese proceso ya superó su fase inicial, cuando -como dijimosobtuvo avances relativamente fáciles, hasta que la derecha se reor ganizó y recuperó su capacidad de iniciativa. A partir de entonces, las elaboraciones teóricas que permitan la comprensión de la situación histórica real que enfrenta el continente, con sus ele mentos de fuerza y de debilidad, sus correlaciones de fuerza reales, concretas y globales, sus desafíos y sus posibles líneas de superación se han vuelto condición indispensable para el enfrentamien to y la superaci ón de los obstáculos.

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Desde que la hegemonía neoliberal se consolidó, la resistencia a ese modelo y las luchas de los movimientos sociales, incluso la organización del FSM, desplazaron la reflexión hacia el plano de la denuncia y de las resistencias, y soslayaron la cuestión política y estratégica. O sea, se tendió a la definición de un supuesto espa cio de la sociedad civil como territorio privilegiado de actuación, en detrimento de la política, del Estado y, con ellos, de los temas de estrategia y construcción de proyectos hegemónicos alternati vos y de nuevos bloques sociales y políticos. Esa postura teórica disminuyó con creces la capacidad de análisis de las fuerzas anti neoliberales, que casi se limitaron a exaltar las posturas de resistencia y el valor de las movilizaciones de base, en desmedro de las posiciones de los partidos y de los gobiernos. Los nuevos movimientos no contaron con una actualización del pensamiento estratégico latinoamericano en la que pudieran apo yarse, y ni siquiera con balances de las experiencias positivas y/o negativas anteriores. Lo que agravó todavía más la situación fueron los cambios radicales a escala mundial: el pasaje de un mundo bipolar a un mundo unipolar -bajo la hegemonía impe rial estadounidense- y del modelo regulador al neoliberal, ambos ocurridos en un período histórico que implicó serias consecuen cias para América Latina. Entre ellas, la regresión en los marcos de inserción de los países del continente en el mercado mundial, resultado de la apertura neoliberal, y el debilitamiento de los Estados nacionales. Teorizaciones como las de Holloway y Toni Negri aparecían como adecuaciones a situaciones reales que, en vez de proponer soluciones estratégicas, intentaban hacer del vicio virtud. Aunque distintas en sus esbozos teóricos, ambas terminaron por acomo darse a la falta congénita de estrategia por parte de quienes rechazaban el Estado y la política para refugiarse en una mítica "sociedad civil" y en una reduccionista "autonomía de los mo vimientos sociales", renunciando a las reflexiones y las proposiciones estratégicas y dejando así al campo antineoliberal sin armas para responder a los desafíos de la crisis de hegemonía, que se hicieron más evidentes cuando la disputa hegemónica pasó a estar a la orden del día.

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Ya analizamos cómo ese factor afectó el proceso venezolano, cómo el boliviano encontró una solución original y cómo el ecua toriano se apoyó en soluciones híbridas, aunque creativas. El posneoliberalismo trajo nuevos desafíos teóricos que, por las nuevas condiciones que las luchas sociales y políticas enfrentan en el continente, iluminan una práctica necesariamente novedosa y, más que en cualquier otro momento, requieren reflexiones y propuestas estratégicas orientadas según las coordenadas de las nuevas formas de poder. Las propuestas del grupo boliviano Comuna, como mencionamos, son una excepción: constituyen el conjunto de textos más rico con que cuenta la izquierda latinoa mericana, un ejemplo único en su historia por la capacidad de conjugar trabajos académicos y análisis individuales de gran crea tividad teórica -de autores como Alvaro García Linera, Luis Tapia, Raúl Prada, entre otros-, a intervenciones políticas di rectas. En estas condiciones, García Linera se convirtió en vicepresidente de la República y Prada fue un importante parla mentario constituyente. Las dificultades para desarrollar una teoría a partir de la prác tica que hoy enfrenta la izquierda latinoamericana se deben a varios factores. factores. E ntre ellos, pod emos resaltar la dinámica asumida por la práctica teórica, esencialmen te conce ntrada en las universi universi dades, que sufrió los efectos del cambio de período en el plano académico: ofensiva ideológica del liberalismo; reclusión en la división del trabajo interno de las universidades, en particular por la especialización; refugio en posiciones poco crítícas, que tien den a ser doctrinarias y no dan lugar a las alternativas. Por otro lado, los procesos de superación real del neoliberalismo introdujeron temas alejados de la dinámica de la reflexión académica, como el de los pueblos originarios y los Estados plurinacionales, la nacionalización de los recursos naturales, la integración regional, el nuevo nacionalismo y el posneolibera lismo, que están muy alejados de los que suelen abordarse en los cursos universitarios y de aquellos privilegiados por las institucio nes de fomento e investigación. Estas privilegiaron las propuestas definidas por las matrices fragmentadas de las realidades sociales, desvalorizando interpretaciones históricas globales, y a la vez

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acentuaron la fragmentación entre las distintas esferas -econó mica, social, social, política y cultura l- de la realidad conc reta. Además, no debemos olvidar los efectos de la crisis ideológica que afectó las prácticas teóricas en la transición del período histó rico anterior al actual, con la descalificación de los llamados megarrelatos y la utilización generalizada de la idea de crisis de los paradigmas. A raíz de eso, se abandonaron los modelos ana líticos generales y se adhirió al posmodernismo, con las consecuencias señaladas por Perry Anderson: estructuras sin historia, historia sin sujeto, teorías sin verdad, un verdadero suici dio de la teoría y de cualquier intento de explicación racional del mundo y de las relaciones sociales. 32

Temas esenciales para las estrategias de poder, como el poder mismo, el Estado, las alianzas, la construcción de bloques alterna tivos de fuerzas, el imperialismo, las alianzas externas, los análisis de las correlaciones de fuerzas, los procesos de acumulación de fuerzas, el bloque hegemónico, entre otros, quedaron desplaza dos o prácticamente desaparecieron, en especial a medida que los movimientos sociales pasaron a ocupar un lugar protagónico en las luchas antineoliberales. El pasaje de la fase defensiva a la fase de disputa hegemónica ha de significar -como significa en los textos del grupo Comuna y en los discursos de Hugo Chávez y Rafael Correa- una recuperación de esas temáticas, una actualiza ción para el período histórico de la hegemonía neoliberal y la lucha desmercantilizadora. Refugiarse en la óptica de simple denuncia, sin compromiso con la formulación y la construcción de alternativas políticas concretas, tiende a distanciar a una parte importante de la intelectualidad de los procesos históricos con cretos que el movimiento popular enfrenta en el continente, y de ese modo lo condena a intentos empíricos de ensayo y error, en la medida en que no cuenta con el apoyo de una reflexión teórica comprometida con los procesos de transformación existentes. La tentación contraria es grande. Dado que Fidel Castro no es Lenin, el Che no es Trolski, Hugo Chávez no es Mao Tsé-Tung, 32 Perry Anderson, "El pensamiento tibio: una mirada critica sobre la cultura francesa", ob. cit.

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Evo Morales no es Ho Chi Minh y Rafael Correa no es Gramsci, sería más fácil rechazar los procesos históricos reales, porque no corresponden a los sueños de revolución construidos con el impulso de otras eras, que intentar descifrar la historia contempo ránea con sus enigmas específicos. En fin, intentar reconocer los signos del nuevo topo latinoamericano o quedar relegado a los compendios a los que son reducidos los textos clásicos por las manos poderosas y sectarias de quienes tienen miedo de la historia. Refugiarse en las formulaciones de los textos clásicos es el camino más cómodo, pero también el más seguro para la derrota. Las derrotas no se explican po r razones políticas, sino morales -y la "traición" es la más común-. La falta de respuesta política lleva a visiones infrapolíticas, morales. El diagnóstico de Trotski sobre la Unión Soviética es el modelo opuesto: se trata de la explicación política, ideológica y social de los caminos abiertos por el poder bolchevique. Por eso pasó de la tesis de la revolución "traicio nada" a la afirmación sustancial del Estado bajo la hegemonía de la burocracia. La defensa de los principios supuestamente contenidos en los textos de los clásicos parece explicarse por sí misma, pero no da cuenta de lo esencial: ¿por qué las visiones de la ultraizquierda, doctrinarias, extremistas, nunca triunfan, nunca consiguen con vencer a la mayoría de la población, nunca construyeron organizaciones que estén en condiciones de dirigir los procesos revolucionarios? Se identifican con los grandes balances de las derrotas, pero nunca conducen a procesos de construcción de fuerzas políticas revolucionarias. No es casual que su horizonte acostumbre ser la polémica en el interior de la ultraizquierda y las críticas a los otros sectores de izquierda, sin protagonizar grandes debates nacionales, sin enfrentar centralmente a la derecha o par ticipar de la disputa hegemónica. Aquellos que sólo aparecen en los espacios públicos para criticar a los sectores de izquierda, muchas veces valiéndose de los espacios mediáticos de los órganos de la derecha, perdieron de vista a sus enemigos fundamentales, los grandes enfrentamientos con la derecha. El desafío es encarar las contradicciones de la historia en las condiciones concretas de los países de la América Latina de hoy y

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desentrañar los puntos de apoyo para así construir el posneoliberalismo. El grupo Comuna supo hacerlo porque releyó la historia boliviana, en especial a partir de la revolución de 1952, descifró su significado, hizo las periodizaciones posteriores de la historia del país, comprendió los ciclos que llevaron al agotamiento de la fase neoliberal, consiguió deshacer los equívocos de la izquierda tradicional en relación con los sujetos históricos y realizó el tra bajo teórico indispensable para concertar el casamiento entre el liderazgo de Evo Evo Morales y el resurgimient o del movimi ento indí gena como protagonista histórico esencial del actual período boliviano. Pudo así recomponer la articulación entre la práctica teórica y la política, y ayudar al nuevo movimiento popular a abrir los caminos de lucha por las reivindicaciones económicas y socia les en los planos étnico y político. Ese trabajo teórico es indispensable y sólo se puede hacer a partir de las realidades concretas de cada país, articuladas con la reflexión sobre las interpretaciones teóricas y las experiencias his tóricas acumuladas por el movimiento popular con el paso del tiempo. La realidad es implacable con los errores teóricos. La América Latina del siglo XXI requiere y merece una teoría a la altura de los desafíos presentes.

REFORMA Y/O REVOLUCIÓN

En las últimas décadas, la izquierda latinoamericana osciló entre proyectos reformistas y proyectos de ruptura, de lucha armada. Los primeros fueron acusados de "reformistas", y los segundos, de "ultraizquierdistas", "aventureros". Congelar el universo de las reformas sin romper con el sistema dominante, sin relevar la cues tión del poder, es ahogarse en el universo de la reproducción de las relaciones sociales y políticas existentes. Por otro lado, desta car las demandas estratégicas sin vincularlas profundamente con la sensibilidad y los intereses de los grandes estratos del pueblo genera sectarismo, posiciones verbalmente radicales pero incapa ces de conquistar las mentes y los corazones del pueblo. Unos y otros tuvieron conquistas -mejoras sociales para las clases popula-

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res, victorias, en los casos cubano y nicaragüense- pero llegan al siglo XXI con sus formulaciones originales agotadas. Los movimientos triunfantes fueron aquellos que consiguieron escapar de las dos lógicas contrapuestas y articularlas: combina ron la plataforma de reformas con modalidades de lucha destinadas a conquistar el poder. El análisis propuesto por Trotski en Programa de transición^ apuntaba en esa dirección, es decir, a las reformas que el sistema dominante no es capaz de absorber sin sufrir golpes mortales. Son reivindicaciones históricas por defi nición, mutables en el tiempo y en el espacio, por eso se llaman "de transición"; su objetivo es profundizar las contradicciones del sistema y despertar la conciencia social al respecto. En la realidad concre ta, esas reivindicaciones tomaron distintas formas: "paz, pan y tierra" en Rusia; la expulsión del invasor japo nés y la revolución agraria en China; el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba; la expulsión del invasor estadounidense y la reunificación del país en Vietnam; el derroca miento de la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua. Siempre tuvieron, sin embargo, el carácter de reivindicaciones de transición, de pasaje del capitalismo al poscapitalismo. En América Latina, los reformismos tradicionales, es decir, los de los nacionalismos (entre ellos se destacan el getulismo y el pero nismo, además del PRI mexicano), así como los gobiernos üadicionales de izquierda -que en Chile tuvieron dos ejemplos sig nificativos: el del Frente Popular en los años treinta y el de la Unidad Popular (UP) en los años setenta-, se mantuvieron en el plano de las reformas del sistema, sin articularlas con la cuestión del poder. Aparentemente, la UP se planteó la cuestión del poder cuando propuso una transición, aunque gradual, del capitalismo al socialismo; sin embargo, como veremos más adelante, no analizó las condiciones reales de la derrota del poder vigente y de la construc ción del poder alternativo. Creía que éstas surgirían de la implementación de un programa de reformas esencialmente econó mico, como consecuencia natural, y cayó en un economicismo que 33 León Trotski, Progravia de Iransiáón, Buenos Aires, Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones "León Trotski", 2008.

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le impidió enfrentar otras fuentes decisivas decisivas de poder, co mo las Fuer zas Armadas, el imperialismo, la prensa privada, etc. Las revoluciones cubana y sandinista consiguieron esa articula articula ción básica entre lucha antidictatorial y lucha antiimperialista, y, en el caso de Cuba, también anticapitalista. Otros procesos de lucha antidictatorial, o simplemente de lucha democrática, con cluyeron sin una proyección estratégica de ruptura, con el reciente restablecimiento de los regímenes democrático-liberales en el Cono Sur del continente. Otras experiencias absolutizaron la lucha armada, con su potencial militar de ruptura, desvinculán dose de la capacidad de captar los sentimientos y las necesidades inmediatas de la gran masa de la población, por lo cual se aisla ron y terminaron siendo derrotadas. En el primer caso, las reformas se agotaron en el marco del sis tema dominante; en el segundo, no llegaron a romper el estrecho círculo de las organizaciones políticas o político-militares. La izquierda, bajo el impacto del debate clásico entre Rosa Luxemburgo y Eduard Bernstein, siempre estuvo presa de la dicotomía entre reforma y revolución. Bernstein absolutizaba el movimiento, en detrimento de los objetivos finales, como si la acumulación de avances parciales encauzara y resolviera la cuestión del poder y la transformación anticapitalista. Luxemburgo llamaba la atención sobre el hecho de que las reformas pueden definir un camino de reestructuración del capitalismo, de ampliación de sus bases de apoyo; Lenin lo llamó "aristocracia obrera", es decir, el predominio de los sectores privilegiados dentro de la misma clase obrera. Lo cierto es que el reformismo ganó connotación propia y se volvió hegemónico a lo largo de la historia de la izquierda, es pecialmente bajo la forma de adecuación de los partidos socialdemócratas al capitalismo o de estrategias etapistas en los partidos comunistas, que nunca consiguieron superar su fase ini cial y permanecieron en el reformismo, sin ruptura. Ésa fue la cara predominante de la izquierda en América Latina, sobre todo entre los años 1930 y 1970, en pleno auge del proceso de acumulación industrial por sustitución de importacio nes, ya fuese en su versión nacionalista (como en los casos más conocidos de México, Brasil y la Argentina) o de la alianza socia-

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lista-comunista (como en los casos, entre otros, de Chile y Uru guay). Esa lógica casi espontánea dentro de la izquierda, en el marco de las políticas de desarrollo y de modernización, fue contempo ránea de la expansión del mercado interno de consumo popular, de la democratización de los sistemas de educación y de salud públicas y de la extensión de la sindicalización urbana y rural, identificadas con ítems del programa de reformas democráticas, antioligárquicas y antiimperialistas. Mientras las reformas fueron funcionales para el proceso de sustitución de importaciones, pudieron realizarse; cuando concluyó ese proceso, la alianza entre el movimiento sindical y los sectores de la clase media y de la burguesía industrial se deshizo, y esto coartó la viabilidad de la estrategia de reformas. La experiencia chilena de la UP fue una tentativa aislada de profundizar ese proceso; ya sin alianzas con los sectores de la burguesía, se vio asfixiada dentro del aparato de Estado y finalmente fue derribada por un golpe militar que contó con el apoyo de toda la burguesía. Sin embargo, la lógica reformista sobrevive, adaptándose a las nuevas coyunturas políticas gracias a la reacción espontánea del movimiento popular frente a los ataques del neoliberalismo contra sus derechos. Se debe tener en cuenta que el resurgimiento de los proyectos de reformas ocurre en un marco diferente de relaciones de clase, con niveles mucho más amplios y profundos de internacionalización de las burguesías del continente y de precarización de las relaciones laborales, y con el consecuente debilitamiento del movimiento obrero y los sindicatos. El período actual es un nuevo desafío para la capacidad de la izquierda de superar dicotomías que, en lugar de favorecer, difi cultan la formulación de estrategias que articulen teoría y práctica, realidad concreta y proposiciones estratégicas. Los procesos que han resultado exitosos ofrecen ejemplos notables de esa capacidad y han transformado a los responsables de sus formulaciones -Lenin, Trotski, Mao Tsé-Tung, Ho Chi Minh y Fidel Castro- en los mayores estrategas de la izquierda. En ninguno de ellos existió una propuesta en estado puro de romper con el capitalismo a favor del socialismo. Todos nacieron de necesidades concretas

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-derrocamiento del zarismo, expulsión de los invasores, revuelta contra las dictaduras-, pero los rumbos que tomaron esas luchas impusieron una dinámica que fue la raíz del problema y, además, apuntaron a la ruptura con el sistema imperial de dominación y, por añadidura, con el sistema capitalista subyacente. Ningún proyecto reformista superó el proceso de reformas para transformarse en proyecto revolucionario. Ninguna propuesta doctrinaria -dire ctam ente socialista- triunfó jamás . Los prime ros se agotaron dentro del sistema o fueron derribados sin haber con seguido construir los instrumentos de resistencia de masas ni un poder popular alternativo que permitiera superar el cerco del apa rato estatal existente. Las segundas no llegaron a conquistar el apoyo significativo de las masas ni consiguieron formular proyec tos estratégicos arraigados en la realidad concreta. La caracterización que hizo Gramsci de la Revolución Rusa, según la cual ésta habría sido una revolución "contra el capital", tiene varios significados. Uno de ellos -y que acabaría volviéndose trágico- señala el hecho de que la revolución ocurrió en la perife ria del capitalismo y asumió la tarea de romper el cerco para que la lucha anticapitalista tuviera la posibilidad de transformarse en incorporación, negación y superación del capitalismo en los países más avanzados. El objetivo no fue alcanzado ni con la crisis de la primera posguerra, cuando las tentativas revolucionarias en Alemania fueron derrotadas y la solución acabó viniendo de la extrema derecha, ni después, cuando la Unión Soviética fue ais lada y el proceso revolucionario avanzó en la dirección opuesta, rumbo a los países más atrasados de Asia. Otro significado es que toda revolución es necesariamente heterodoxa. Ninguna fórmula revolucionaria se ha repetido a lo largo del tiempo: todas son únicas, representan una combinación sin par de múltiples factores, y esta combinación hace que las revoluciones sean la excepción y no la regla en el curso de la his toria. La lista de factores que posibilitan la eclosión de una revolución, según Lenin, reúne aspectos subjetivos y objetivos, todos combinados en un momento determinado que no se pro longa en el tiempo. El arte de la insurrección consiste en capturar esos factores en su mejor momento de combinación.

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Lenin habla de situación revolucionaria y de crisis revoluciona ria. La primera ocurriría cuando las fuerzas se polarizan de tal manera en un país que los de abajo no soportan más vivir como vivían antes y los de arriba no consiguen continuar dominando. La crisis revolucionaria ocurre cuando una dirección política con sigue conducir esa polarización hacia una salida revolucionaria. Como bien dice Gramsci, Lenin se refería a la estrategia en sociedades atrasadas, en las que los ejes determinantes del poder se articulan en torno del aparato del Estado, cuya posesión permi tiría desarticularlos y emprender la construcción de un nuevo poder. En términos gramscianos, la hegemonía en esas socieda des se apoya fundamentalmente en la coerción, y no en los consensos. Este análisis se dirige a la construcción, mucho más compleja, de estrategias políticas en sociedades en las que el poder se asienta sobre consensos fabricados y sus ejes son coordi nados por el aparato de Estado, pero sus pilares determinantes se sitúan fuera de éste. Así, construir una estrategia de poder en esas sociedades implica elaborar proyectos hegemónicos alternativos (contrahegemónicos) que desembocarán en el aparato del Estado, pero cuyas batallas determinantes se darán en las extensas y complejas tramas de las relaciones económicas, sociales e ideo lógicas de la sociedad en su conjunto. El problema es que esa propuesta de Gramsci parece chocar con uno de los principios básicos del marxismo, aquel que afirma que en las sociedades de clase "las ideas dominantes son las ideas de las clases dominantes". Esa determinación es estructural, porque la ideología no se resume a una construcción de ideas en el plano cultural, sino que nace de las entrañas del proceso de acumulación capitalista, de las relaciones entre capital y trabajo, de las formas de apropiación de la plusvalía, de la alienación como fenómeno, antes que nada, económico, que se extiende a la totalidad de las relaciones sociales y culturales. La sensación de extrañamiento que tenemos ante el mundo que nosotros mismos hemos creado, y en el cual no nos reconocemos, proviene de las relaciones de producción, del proceso de generación de riqueza, que separa la producción del productor e impide que éste reco nozca la riqueza creada por su trabajo.

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Esa ruptura entre sujeto y objeto, entre historia y naturaleza, entre productor y producto, entre hombre y mundo reproduce cotidianamente, en todos los rincones de la sociedad, los mecanis mos de la alienación. De ahí surge, teórica y políticamente, la cuestión de cómo es posible construir, en esas condiciones, un proyecto contrahegemónico, cómo romper con la hegemonía de la ideología dominante. En fin, se impone el desafío: ¿cómo cons truir una hegemonía previa del bloque de clases alternativo antes del acceso al Estado, al poder nacional? En realidad, la fuerza ideológica alternativa es fundamental para construir sujetos alternativos. En el caso de Bolivia, por ejemplo, eso se dio por la reunificación de la fuerza política y porque el país reasumió su identidad ideológica como indígena. La victoria boliviana -que esta vez ha sido electoral- fue el resul tado de un largo y profundo proceso de movilización y lucha que comenzó con el nuevo siglo. La construcción del proyecto alter nativo se hará en condiciones superiores, desde el gobierno, que podrá movilizar más energías y disponer de mejores instrumentos para su elaboración. Antes de ser dominante, el movimiento indí gena boliviano se convirtió en dirigente, protagonizó y organizó un bloque de fuerzas alternativo, dotado de una plataforma básica -nacionalización de recursos naturales, reforma agraria, convocatoria de Asamblea Constituyente-, y mostró que esa com binación es posible. Ella requiere comprensión de las relaciones de fuerza reales, de la dinámica de los enfrentamientos, de la fuerza y la debilidad de cada uno de los bloques que se oponen. Para comprender mejor las condiciones de construcción de los proyectos contrahegemónicos, vamos a detenernos en las dos lógicas que deben entenderse y superarse para, a continuación, poder partir del análisis concreto de la realidad concreta, en su totalidad y en sus contradicciones, en sus determi naci ones estruc turales y en su potencial transformador.

LA LÓGICA ULTRAIZQUIERDISTA

"Ultraizquierda" es una categoría política que puebla la historia

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de la izquierda en todo el mundo. No vamos a retomar aquí esa trayectoria; basta mencionar los análisis de Lenin en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo y de Trotski en Revolución   y contrarrevolución en Alemania para remitirnos a dos momentos de sistemático y riguroso análisis y crítica del fenómeno. La Revolución Rusa, como toda revolución victoriosa, no se hizo incitando a derrotar el capitalismo y a construir el socialismo. Al contrario, catalizó las necesidades esenciales del pueblo ruso -"paz, pan y tierra"- y las trató desde una dinámica que se enfrentó no sólo con el zarismo, sino también con el capitalismo y las alianzas entre Rusia y las potencias capitalistas occidentales. Este es el arte de la dirección revolucionaria: la capacidad de articular las deman das inmediatas, o programa mínimo, con los objetivos estratégicos, el programa máximo, lo que permite resolver de manera revolucio naria la cuestión del poder. En otras palabras, rearticular de forma dinámica, no segmentada o corporativa, y menos aún contrapuesta, los términos "reforma" y "revolución". Los sectores de la ultraizquierda rusa pretendían instaurar de inmediato el socialismo y expropiar a todos los sectores vincula dos, de una u otra forma, al capitalismo. Se opusieron a los acuerdos de Brest-Litovsk, por los cuales el nuevo poder soviético buscaba encontrar condiciones de convivencia pacífica con Ale mania para así comenzar a reconstruirse a partir de los estragos de la guerra. Se opusieron también a la Nueva Política Econó mica (NEP), dirigida por Lenin para incentivar la reactivación de la economía de los pequeños y medianos propietarios rurales y recuperar la capacidad de producción y abastecimiento del mer cado interno, en especial el urbano, para contener el riesgo de hambre generalizada por el cerco del campo, donde la contrarre volución blanca se prolongaba con el apoyo militar directo de tropas de más de quince ejércitos extranjeros y con el fracaso de 54

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34 Vladimir Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del del comunismo, Buenos Aires, Anteo, 1985. 35 León Trotski, Revolucao e contra-revolucáo, San Pablo, Livraria Editora Ciencias Humanas, 1979.

la revolución en Alemania, que si se hubiese logrado, podría haber evitado el aislamiento y el cerco del gobierno bolchevique. Si inmediatamente después del triunfo de la revolución se decretó un sistema de comunismo de guerra -simplemente repar tiendo lo que se tenía de la forma más igualitaria posible, como si se socializara la miseria-, con el fin de la guerra hubo una fuerte presión interna para que se retomara el desarrollo económico y se garantizara el abastecimiento de artículos de primera necesi dad, en particular en las ciudades. Fue con ese objetivo, y como respuesta a una situación defensiva, que el gobierno decretó la NEP. Para los sectores de ultraizquierda, se trató de una traición a los ideales revolucionarios, de una capitulación de Lenin, Trotski y sus compañeros de revolución. El acierto de aquella medida quedó claro pocos años después, cuando el cambio de política lle vado a cabo por Stalin no resolvió la cuestión del campo, los campesinos intensificaron el desabastecimiento y la nueva direc ción de la revolución tuvo que recurrir a la peor de las soluciones: la expropiación violenta de las tierras y la muerte de millones de campesinos por hambre. No resuelta, la cuestión agraria fue for malmente retirada de la agenda por la puerta del frente y retornó por la ventana de manera explosiva. Se trató de uno de los puntos más frágiles de la Revolución Rusa. Hasta el final de la Unión Soviética, fue una cuestión que nunca pudo resolverse. Las posiciones de ultraizquierda tienen dificultades para com prender las derrotas, las regresiones, los cambios negativos en las relaciones de fuerza. Tienden a reducir los análisis y los diagnósti cos a tesis que sostienen la "traición" de las direcciones, para las cuales acostumbran encontrar confirmaciones en la cantidad de casos de direcciones que se burocratizaron, se corrompieron y renegaron de los ideales y las plataformas. Pero los balances críti cos que no conducen a alternativas tampoco consiguen construir fuerza de masa para sus tesis, terminan formando parte de la derrota, pues no se convierten en soluciones. Las crisis generadas por la Primera Guerra Mundial confirma ron la previsión de Lenin, que decía que una revolución nunca es tan difícil como en el comienzo de una guerra, cuando el chauvi nismo predomina y concita a la unidad nacional contra los otros

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países, pero nunca se torna tan probable como en el transcurso de la guerra. Esa previsión fue confirmada por la victoria soviética y, posteriormente, cuando el carácter interimperialista de la guerra quedó claro y se vio que los pueblos entraron como carne de cañón en una disputa que les concernía. Fue así como se malo graron los conatos revolucionarios en Alemania e Italia, a pesar de la posibilidad de revolución surgida con el sufrimiento y las derrotas de la guerra, y dejaron el campo libre para que el fas cismo y el nazismo -contrarrevoluciones de masas- impusieran sus soluciones a la crisis. En Alemania, inconscientes de la fuerza y del peligro del na zismo, los partidos socialdemócrata y comunista no pusieron la necesidad de unirse contra el enemigo común por encima de sus divergencias y, de ese modo, facilitaron el ascenso de Hitler, que los reprimió a todos. Los comunistas llamaban "socialfascistas" a los socialdemócratas; decían que eran socialistas de palabra y fas cistas de hecho y que abrirían el camino para el avance del na zismo. Los socialdemócratas acusaban a los comunistas de ser expresiones del totalitarismo soviético, algo muy semejante al na zismo. Trotski realizó un estricto balance de las posiciones ultraizquierdistas de ambos. Ellos no supieron comprender que el nazismo era el enemigo fundamental de toda la izquierda, subes timaron su fuerza y facilitaron su ascenso. Pero recientemente tuvimos ejemplos típicos de posiciones ultraizquierdistas en China, en el período de la Revolución Cultu ral, y en Camboya, tras la derrota de los Estados Unidos. Con orientaciones que difieren de las soviéticas en lo que atañe a la construcción del socialismo y a las relaciones con el imperialismo estadounidense, China afirmó que la Unión Soviética estaría reins taurando el capitalismo, tomando como ejemplo para definir la inducción al estilo de vida capitalista la importación de una fábrica de automóviles (Fiat) de Italia -ubicada en una ciudad bautizada como Togliattígrado, en homenaje al ex dirigente del PC italiano-. Según este análisis, en tanto gran potencia capitalista en una era imperialista, los soviéticos serían una nueva potencia imperialista, tal como los Estados Unidos. Mientras los estadounidenses re presentarían un imperialismo decadente, la Unión Soviética

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aparecería como fuerza ascendente y, por eso, resultaría más peli grosa y debería ser atacada como el enemigo fundamental. En esta situación, China se empeñó en combatir a la Unión Soviética y a todas las fuerzas y gobiernos que parecían contar con su apoyo. Llegó a apoyar a los gobiernos racistas en África del Sur y a los dictatoriales en Chile porque se resistían a los proyectos "expansionistas" de los soviéticos. El gobierno cubano fue lla mado "brazo armado del imperialismo soviético" porque ayudó a los angoleños a resistir la invasión sudafricana. La lógica de la posición china -reproducida muchas veces por otras fuerzas de ultraizquierda- era que, si no conseguía desalojar a la Unión Soviética del lugar que ocupaba, China no tendría espacio en el mundo para ampliar su liderazgo. Esto explica la violencia y los ataques reiterados a los soviéticos y -lo que también ocurre con otras fuerzas que adoptan una posición similar- la alianza con el imperialismo decadente (el estadounidense) para intentar liquidar al enemigo fundamental (el soviético). Esa alianza, firmada con la visita de Richard Nixon a China, dio comienzo a la llamada diplomacia del ping-pong. Para completar el cuadro, a pesar del inmenso retroceso que significaría para la primera revolución socialista de la historia i n s  taurar el capitalismo en la Unión Soviética y convertirse en una potencia imperialista, China continuaba anunciando que la revo lución todavía estaba en pie y que el imperialismo era un "tigre de papel", y esto incitaba a los pueblos a rebelarse, como si nada hubiera ocurrido, y a alterar las relaciones de fuerza en el mundo. En Camboya se asistió a una de las más trágicas experiencias de sectarismo en gobiernos de izquierda. Se puso en práctica una versión todavía más radical del diagnóstico hecho por la Revolu ción Cultural china, según el cual el capitalismo, su cultura y sus ciudades corrompen a las personas, lo que no ocurre con la vida pura en el campo. Millones de personas fueron desplazadas para proletarizarse en el campo, y una gran parte de ellas acabó ejecu tada. Inducido por una visión dogmática y sectaria de los efectos de la ideología capitalista y la cultura moderna, el régimen vietna mita produjo una "limpieza" ideológica brutal hasta que fue derrocado por el antiguo gobierno, que ya había sido víctima de

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una invasión de China bajo el alegato de que se había convertido en un agente de la Unión Soviética. Las corrientes más radicales en el interior de la izquierda -entre ellas, el maoísmo y el trotskismo- se caracterizan por la crítica a las tendencias pre domin antes en la izquierda, las corrientes reformis tas. Estas últimas siempre fueron pasibles de caer en esa visión crítica, pero nunca tuvieron la capacidad de construir fuerzas de masa -un fenómeno más típico de las corrientes trotskistas-. En el campo intelectual, las tendencias críticas ocupan un espacio importante -lo que es comprensible-; consiguen señalar errores o "desvíos" de las fuerzas políticas, pero por su propia naturaleza intelectual (no son fuerzas políticas) no están habilitadas para for mular alternativas superadoras de los problemas que logran detectar, incluso cuando sus diagnósticos llegan a ser correctos. Muchas veces, las visiones críticas surgen para señalar el contraste con lo que se consideran principios de la teoría revolucionaria; otras, para indicar lo que se considera incoher encia inte rna de los proyectos. Esas corrientes son interlocutoras fundamentales de la práctica política, pero, con frecuencia, no consiguen resistir la ten tación de las perspectivas de ultraizquierda porque privilegian la teoría en detrimento de las condiciones reales de lucha, lo que. no les permite captar los dilemas que impo ne la práctica concreta. ¿Cuál es la lógica contemporánea del ultraizquierdismo, tan diseminada en esos tiempos de gran capacidad de cooptación liberal y contradicción entre el agotamiento histórico del capita lismo y la regresión de las condiciones históricas del socialismo? En un texto relativamente sistemático, James Petras -una de las expresiones más significativas de esas posiciones ultraizquierdistas- se propone realizar un análisis de la trayectoria histórica de la izquierda para co mpr ende r el presente y el futuro de la polí polí tica revolucionaria. Lo hace como respuesta a un texto de Perry A n d e r s o n escrito en 2000, cuatro décadas después de asumir la 36

dirección de la New Left Review e inaugurar una nueva etapa en la revista. En ese artículo, Anderson compara las condiciones en el comienzo del nuevo siglo con aquellas que vivió al aceptar la dirección de la publicación. En conformidad con la lógica de sus posiciones, Petras in corpora a su texto notas de extrema agresividad, intentando descalificar a Perry Anderson como intelectual que habría adop tado "un cierto centrismo apolítico", en función de una visión derrotista, de "autloflagelo" de la izquierda, de capitulación ante la fuerza del neoliberalismo. Ese lenguaje concuerda con el con tenido de las posiciones de Petras y de los que asumen posturas similares: la descalifi cación de los que son cri ticad os se justifica por haber abandonado la izquierda, por haber "capitulado", y por defender posiciones aparentemente de izquierda, pero que ya no tendrían nada que ver con ella. Por lo tanto, no sólo han de ser impugnados, sino también descalificados, "desenmascarados" para dejar de tener un papel negativo dentro de la izquierda. ¿Pero cuál fue el balance de Anderson en 2000? Partiendo de la comparación de aquel período con los años sesenta, ordena las dife rencias en tres niveles diferentes: histórico, intelectual y cultural. En la década de 1960, "un tercio del planeta rompió con el capitalismo". Mientras Nikita Kruchov proponía reformas en la Unión Soviética, China conservaba su prestigio, la Revolución Cuba na en las Américas explotaba, los vietnamitas combatía n con éxito la ocupación de los Estados Unidos y el capitalismo se sentía amenazado. Intelectualmente, comenzaba "un proceso de descu brimiento de las tradiciones ocultadas de la izquierda y del marxismo", y empezaban a circular "alternativas de un marxismo revolucionario". Culturalmente, en comparación con "la atmós fera conformista de la década de 1950", el rock y el cine de autor teñían aquella década con una connotación de rebeldía.

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36 James Petras, Notes Toward an Vnderslanding of Revolulionary Politics Today, mimeo (disponible en: < http://links.org.au/node/105> ). 37 Perry Anderson, "Renewals", New Ijejt Review, enero-febrero de 2000 (disponible en: < http://newleftreview.org/A2092> ).

Cuatro décadas después, el clima no podría ser más contras tante. "El bloque soviético desapareció. El socialismo dejó de ser un ideal generalizado. El marxismo ya no predomina en la cul tura de la izquierda". La década de 1990 trajo "la consolidación prácticamente incuestionable del neoliberalismo, además de su difusión universal".

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Cinco procesos interconectados transformaron radicalmente el escenario: 1.E1 capitalismo estadounidense reafirmó su predominio en todos los campos (económ ico, político, militar y cultural). 2. La socialdem ocrac ia europ ea dio un giro en dirección al neoliberalismo. 3. El capitalismo jap oné s entró en pr ofund a y prolonga da recesión, mientras que China se preparaba para ingresar en la OMC e India, por primera vez en su historia, comenzaba a depender de la buena voluntad del FMI. 4. La nueva econo mía rusa no provocó reac ciones popul ares, a pesar de la catastrófica regresión impuesta al país. 5. El neoliberalism o impuso en orme s transformaciones socioeco nómicas, aco mpañada s de dos movimientos, uno político y otro militar: • Ideológic amente, el consenso neoliberal se se extendió a parti dos que reivindicaban para sí la tercera vía, vía, como el Part ido Laborista de Tony Blair en Inglaterra y el Partido Demó crata de Bill Clinton en los Estados Unidos; con eso, parecía que el pensamiento único y el Consenso de Washington se confirmaban, pues el cambio de gobierno en los dos bastio nes del neoliberalismo no significó una alteración del modelo sino su reproducción. • Milita rmente, la guerra de los Balcanes inauguró las "gue rras humanitarias", un tipo de intervención militar hecha en nombre de los "derechos humanos". Entre la intelectualidad, antes predominantemente socialista, se destacaban dos reacciones principales: la primera, de acomoda miento, en la que el capitalismo pasó de ser un mal evitable a ser un "orden social saludable, necesario y equilibrado", que promo vió la superioridad de la empresa privada; la segunda, de consuelo, o sea, la necesidad de mantener un mensaje de esperanza llevaba a sobrestimar la importancia de los procesos contrarios, como si éstos fueran los que dictaban la tónica del período.

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Como resultado, tendía a prevalecer la idea de que la democra cia había sustituido al socialismo, "como esperanza o como reivindicación", a pesar del vaciamiento de la práctica democrá tica. El horizonte histórico quedaba reducido así a lo realmente existente: la democracia liberal y la economía capitalista de mer cado, como proponía Francis Fukuyama. Ante este panorama incuestionable, Anderson concluyó: En nuestros días, el único punto de partida para una iz quierda realista es una lúcida constatación de la derrota histórica. [...] En el horizonte no aparece todavía nin gún proyecto colectivo capaz de medirse con el poder del capital. [...] Por primera vez, desde la Reforma, ya no hay oposiciones significativas, es decir, perspectivas sistemáticamente opuestas en el seno del mundo del pensamiento occidental. [...] el neoliberalismo como conjunto de principios impera sin fisuras en todo el globo: la ideología de más éxito en la historia mundial. Todo el horizonte de referencias en el que se había formado la gene ración de la década de 1960 fue prácticamente barrido del mapa. El análisis de Anderson completa el balance que hizo del neoli beralismo en 1994, que trascendió como la mejor comprensión general del nuevo modelo hegemónico. Ya en aquel momento lla maba la atención sobre el alcance y la profundidad de ese modelo, que imponía modificaciones radicales al modelo keynesiano y extendí a las relaciones mercantil es a espacios nunca antes alcanzados por el capitalismo, como los ex países socialistas, incluidos la Unión Soviética, los países del Este europeo y China. El modelo había sido iniciado por la extrema derecha para luego incorporar las fuerzas nacionalistas y, más tarde, las socialdemó cratas; finalmente le haría contrapunto a Richard Nixon, quien, en los años setenta, afirmaría: "Todos somos neoliberales". James Petras reacciona enérgicamente contra ese análisis con un tono de denuncia, e intenta articular una interpretación de la evo lución de la izquierda que, desde su perspectiva, no habría caído en la ilusión liberal ni en el derrotismo. Según él, "en períodos de

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ascenso contrarrevolucionario, luego de derrotas temporarias o de dimensión histórica", muchos intelectuales hasta entonces radicales se vuelcan a sus "orígenes de clase", rindiéndose a las "virtudes de las ideologías de derecha", a las que consideraban, según él "inven cibles e irreversibles". Cometerían el error de privilegiar una "configuración particular que destacaría sólo una dimensión" de la realidad, en un enfoque sin raíces históricas. Petras pretende contrarrestar la idea que atribuye a los años cincuenta el predominio del conformismo, a las dos décadas siguientes la expansión revolucionaria y al período de 1980 y 2000 la derrota y la disolución. Relaciona una serie de luchas acaecidas en los años cincuenta, ninguna de ellas esencial, para intentar demostrar que hubo movilizaciones -pero eso no cambia el cuadro político general de estabilidad capitalista, innegable-. Como siempre, para el pensamiento político de izquierda es difícil reconocer las derrotas, reveses y regresiones políticas. La década de 1950 fue la del auge incuestionable de la hegemonía estadounidense. Eric Hobsbawm caracteriza el largo ciclo expan sivo que va desde la segunda posguerra hasta mediados de los años setenta como "el ciclo de oro del capitalismo", cuando se combinaron las locomotoras del capitalismo central que tuvieron en aquel ciclo su expansión económica sincronizada: Estados Unidos, Ale mania y Japó n. Es not able el he cho de que estas dos últimas naciones hayan alcanzado esa categoría después de haber sido destruidas duran te la Segunda Guer ra y reconstruidas, ju nto con la economía italiana, con el apoyo del Plan Marshall, finan ciado por los Estados Unidos. Esa expansión coincidió con la de los países de la periferia capitalista, por ejemplo, Brasil, la Argen tina y México, como asimismo con la de sectores no capitalistas, que acabaron contribuyendo a los índices de expansión bajo la hegemonía del mercado capitalista mundial. Hobsbawm considera que, en esa década, los Estados Unidos impusieron de manera irreversible su superioridad económica y tec38

38 Eric Hobsbawm, A era dos extremos: o breve século XX-1914-1991, San Pablo, Companhia das Letras, 1995, p. 253 [ed. cast.: Historia del siglo  XX, Buenos Aires, Grijalbo, 1998].

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nológica a la Unión Soviética, pero los efectos sólo fueron evidentes una o dos décadas después. Apoyada en el rearme para la Segunda Guerra Mundial, la economía estadounidense se recuperó de la crisis de 1940 mientras Europa yjapón nuevamente eran destruidos. Por más que se puedan señalar movilizaciones importantes en la década de 1950, en verdad se trata de medir la hegemonía en ese período, lo que no significa ceñirse a la fuerza de los sectores antihegemón icos. Para Petras, referirse a los años cincuenta como un período de "conformismo" es "una distorsión monstruosa", pero no explica que fue un período de gran consenso ideológico en torno del "modo de vida norteamericano". Cita fenómenos políticos que contradirían la visión de Perry Anderson: la presencia de partidos comunistas poderosos en Grecia, Italia, Francia y Yugoslavia; las revueltas en Hungría, Polonia y Ale mania oriental; el resurgimiento de la izquierda en Inglaterra y en los Estados Unidos; la victoria vietnamit a contr a Francia, en 1954, y lo que él considera la preparación para la década siguiente, o sea, el apoyo a la guerra de Argelia y las luchas campesinas que habrían desembocado en las revoluciones cubana e indochina. Esos ejemplos son claramente insuficientes para contraponer la gran estabilización y la consolidación de la hegemonía capitalista que caracterizaron la década. El procedimiento es típico de la lógica ultraizquierdista: tomar algunos casos aislados, sin medir su peso en la correlación general de fuerzas. Un análisis político de coyuntura no puede restringirse a ejemplos de la supuesta fuerza del campo de la izquierda. Un análisis político que no sea una mirada descriptiva, que pueda tener una función periodística, o incluso académica, y pretenda analizar pormenorizadamente el campo de los grandes enfrentamientos de clase deberá concen trarse en la correlación de fuerzas para comprender que la relación de fuerzas es transitiva, pues se refiere a la fuerza propia en relación con la fuerza del campo opuesto. En ese sentido, no se puede dejar de destacar el fortaleci miento del bloque occidental y la reafirmación del liderazgo estadounidense, en el marco de la reconstrucción, con bases muy mod erna s, de Alemania, Jap ón e Italia, Italia, empr end ida en los tres casos por fuerzas conservadoras.

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Esa incapacidad de caracterizar una década por sus aspectos dominantes se manifiesta claramente en el afán con que Petras niega la contraposición de Anderson entre el relativo confor mismo de la década de 1950 y la radicalización de la década siguiente. Para Petras: "Si la década de 1950 no fue un período de conformismo a escala mundial, la de 1960 tampoco fue una era de expansión revolucionaria uniforme en sus manifestaciones". El desarrollo histórico se funda, en sus características esencia les, en movimientos desiguales, por lo tanto ningún período puede describirse de modo homogéneo en una u otra dirección. De ahí la inadecuación de usar la palabra "uniforme" para definir cualquier período histórico. Petras reconoce el aumento de las luchas de masa en América del Norte, en Europa y en regiones del Tercer Mundo, y consi dera que hubo importantes reversiones en países de peso y varias contradicciones y tendencias conflictivas en los movimientos de masas. De ello resultarían una revaluación positiva y un desarrollo creativo del pensamiento marxista y su extensión a nuevas áreas, con el abordaje de nuevos problemas. Asimismo, Petras valoriza las luchas en Indochina, Cuba y otros países donde las revueltas campesinas hallaron nuevas formulacio nes estratégicas, aunque considera que parte de la producción intelectual no contribuyó políticamente, en gran medida por des conocer el papel del imperialismo en el mundo contemporáneo. Incluso descalifica el movimiento de contracultura, porque lo con sidera un promotor del individualismo, finalmente cooptado por los "populismos de mercado" y tan atravesado por las drogas que, según él, "el opio se convirtió en el opio de la izquierda". Para Petras, "la cuestión teórica es que existen lazos entre algu nas variantes de la vida intelectual y política en los años sesenta y setenta y el giro a la derecha de los años noventa: las diferencias sustanciales en la actividad política en los dos períodos, particu larmente en el mundo anglosajón, están conectadas por las prácticas culturales y los valores individualistas seudorradicales". 39

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39 James Petras, Notes Toward an Urutmtanting qf Raiotulúmaty Potilks Today,ob. ciL 40 ídem.

La clave del problema radicaría en la profunda división entre los pensadores antiimperialistas y los marxistas occidentales. Estos últimos habrían negado la importancia de las luchas en Indo china, América Latina y el sur de África, dando una connotación despectiva a la expresión Tercer Mundo, ya que el foco de aten ción serían los países centrales del capitalismo. Los teóricos del antiimperialismo, por su parte, habrían enfocado las relaciones entre el centro y la periferia a veces desde una perspectiva globalista abstracta, como Samir Amin, Gunder Frank e Immanuel Wallerstein, a veces desde un punto de vista de clase. Por otro lado, los golpes militares en Brasil y en Indochina, apo yados por los Estados Unidos, habrían interrumpido los dos procesos en los países más grandes y promisorios del Tercer Mundo. Además, Petras incluyó en el ítem "contrarrevoluciones en la revolución" el cambio ocur rido en China, que habría abierto el camino para lo que sería la "restauración capitalista" a fines de los años setenta. Al mismo tiempo, el movimiento antiestalinista de Kruchov habría sido derrotado por el "aparato represivo". La incapacidad de Petras para captar la síntesis global de las correlaciones de fuerza se revela más claramente en el pasaje a una década de nítida reversión contraria al campo popular y favo rable al campo imperialista: la década de 1990. El la aborda en un texto titulado "Restauración, imperialismo y revolución en la década de 1990", donde se observa que la inserción de este último elemento pretende fortalecer su presencia incluso en esa década. En su principal aserción sobre el nuevo período, afirma que "cier tamente sólo una evaluación ahistórica [...] puede proclamar que la década fue un período de derrotas sin precedentes en la historia, que supera cualquier antecedente". C ompara ese período con otro, que iría desde principios de la década de 1930 hasta comienzos de los años cuarenta y que habría manifestado un enorme retroceso y una devastación sin precedentes de la izquierda en Europa, mediante la represión física, el aislamiento y la cooptación. Nada similar habría ocurrido en la década de 1990. La hegemonía de los Estados Unidos, un concepto ver daderamente vacío que aumenta el papel de la "persua-

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sión política", es totalmente inapropiada cuando consi deramos el carácter y la dimensión [...] de la violencia en el pasado reciente y su uso continuado de forma se lectiva pero evidente en la actualidad. De esta manera, Petras evalúa las cambios en las relaciones de fuerza entre los campos a partir de la dimensión de la represión y no de la capacidad hegemónica del imperialismo, como síntesis de fuerza y persuasión. Si los períodos son, de alguna forma, inconmensurables, queda claro que Petras subestima la dimen sión de la victoria del campo imperialista en el nuevo período, iniciado en la década de 1990. Desde 1930 hasta 1940, se asistió al fortalecimiento de la Unión Soviética, al debilitamiento ideológico del liberalismo debido a la Gran Depresión, la segunda guerra consecutiva en Europa, que, como guerra interimperialista, atacó los cimientos del capitalismo europeo y generó condiciones para que la izquierda se fortale ciera, y, sumado a todo eso, a la lucha de los partidos comunistas contra el fascismo y el nazismo, que consolidó el prestigio inter nacional de la Unión Soviética. Así, la defensiva que la izquierda tuvo que asumir en ese período -expresada sobre todo por el VII Congreso de la Internacional Comunista, cuando se aprobaron las resoluciones del frente único antifascista de Dimitrov-, aunque haya tenido un carácter estraté gico, no se dio en un marco de destrucción política e ideológica del campo de izquierda, como ocurriría en la década de 1990. Cuando Petras hace un relato descriptivo de los movimientos de resistencia al neoliberalismo, pasa por alto lo esencial: los cam bios estratégicos fundamentales ocurridos con la llegada de la década de 1990, con todas las consecuencias que tuvieron. Me refiero al pasaje del mundo bipolar al mundo unipolar, bajo la hegemonía de los Estados Unidos, y el pasaje del modelo keynesiano al neoliberal. La combinación de ambos y sus consecuencias -de las cuales la más fundamental es la hegemonía del "modo de vida norteameri cano" como valor y estilo de vida- imponen al nuevo período un carácter global de regresión o, incluso, de contratendencia, que

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no llega a anular la dirección esencialmente negativa de las trans formaciones en las correlaciones de fuerza. La desaparición del mundo unipolar no sólo supone el pasaje a un mundo bajo la hegemonía de una única superpotencia de carácter imperialista. Representa también el distanciamiento del poderío de los Estados Unidos respecto de las otras potencias. La segunda gran potencia mundia l, la Unión Soviétic Soviética, a, desapareció y las economí as japo nesa y alemana se estancaron . Dado q ue la fuerza de un país no se define por sus desempeños pasados sino por la fuerza de los otros países, los Estados Unidos ingresaron en el nuevo período más fuertes que nunca. Las consecuencias en el campo de la izquierda fueron devasta doras: retroceso ideológico, con cuestionamiento de todo lo que en cierto modo tuviera que ver con el socialismo (Estado, partido, mundo del trabajo, planeamiento económico, socialización, etc.), y retroceso político, con el vuelco de la socialdemocracia a la derecha; ruptura de las alianzas con los partidos comunistas; debi litamiento de éstos y de los sindicatos; proliferación de los gobiernos de derecha, etc. Cualquier evaluación global de la década de 1990 nos lleva a constatar que hubo un cambio radical en la correlación de fuerzas entre los bloques. La desaparición misma de la Unión Soviética y del campo socialista no significó su transformación en regímenes de izquierda sino el restableci miento del capitalismo, en su modalidad neoliberal. El socialismo, que desde la victoria de la Revolución Bolchevique ha formado parte de la historia del siglo XX, prácticamente desapa reció y fue sustituido por la lucha antineoliberal. El capitalismo extendió su hegemonía como nunca antes lo había hecho. Comparando también la década de 1990 con la década actual en América Latina, se confirma cuan regresiva fue la primera. Recién a finales de esa década surgió el primer gobierno antineo liberal, el de Venezuela; aunque hayan existido distintas formas de resistencia al neoliberalismo, todas se dieron en un marco defensivo. Pero fue solamente gracias a esa fuerza acumulada en la fase defensiva que se pudo llegar a la actual lucha hegemónica, que ha configurado un cambio favorable para el campo popular. La visión ultraizquierdista no incorpora esas transformaciones

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regresivas regresivas y se aferra a uno de los eleme ntos per mane nte s de su con cepción, o sea, a la vigencia continua de la cuestión de la revolución. No le resta otra cosa que acusar a las direcciones políticas de "trai ción", adjudicándoles la responsabilidad de que la revolución no se haya realizado. Originalmente, ese análisis se remonta a Trotski, para quien, dadas las condiciones objetivas para la revolución, ésta sólo no se produciría si hubiera "traición" de las direcciones, cosa que ocurre cuando se burocratizan, defienden intereses propios conciliándolos con los intereses de las clases dominantes y abando nan el campo de la revolución y de la izquierda. Ese tipo de análisis se fundamenta también en lo que Lenin decía respecto de la "aristocracia obrera": un destacamento de la clase obrera que se identifica con la dominación colonial y/o imperial y constituye las bases sociales de los procesos de repre sentación política. Sin embargo, es preciso tener en cuenta los cambios en la correlación de fuerzas que indican modificaciones en las condi ciones objetivas, más aún en el período actual. En éste se combinan de forma contradictoria la regresión en las condiciones subjetivas de la lucha anticapitalista y la evidencia manifiesta de los límites del capitalismo. La victoria del campo imperialista y la derrota del campo socialista, sumadas a las transformaciones ide ológicas y estructurales introducidas por las políticas neoliberales, alteraron las condiciones objetivas y subjetivas de la lucha política. Es de ese modo, precisamente, como deben ser entendidas las condiciones de lucha, en el marco histórico realmente existente, y no de forma rígida y dogmática por cada proceso histórico. Más recientemente, Evo Morales todavía no había iniciado su gobierno y Petras ya lo estaba acusando de traición, así como tachaba a Alvaro García Linera de "intelectual neoliberal", lo que revela una incomprensión de las condiciones concretas del proceso boliviano. Gobernantes de otros países, e incluso la dirección del MST, en Brasil, tampoco estuvieron libres de acusaciones semejantes. ¿Qué consistencia puede tener una acusación de "traición"? Podría tratarse de cooptación ideológica y así tendría un signifi cado de clase concreto, perfectamente posible, dados la práctica política institucional, el alcance de los valores ideológicos del libe-

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ralismo en el período histórico actual y los efectos de la presión y el poder de los medios de comunicación privados. La peor consecuencia de ese tipo de crítica es que acostumbra desembocar en la idea de que el "traidor" es un enemigo funda mental, un representante de la "nueva derecha" que tiene que ser "desenmascarado", derrotado y destruido; de lo contrario, la nueva fuerza encarnada por esas posiciones no podrá constituirse como liderazgo alternativo en el campo de la izquierda. El resultado de esos análisis y posiciones políticas ha sido el aisla miento, la confusión entre los espectros de la izquierda y de la derecha en el campo político, y la impotencia, reflejada sobre todo en la inexistencia de movimientos que, asumiendo esas posiciones, hayan construido fuerzas importantes y, además, dirigido los proce sos revolucionarios. Movimientos victoriosos como el Movimiento 26 de Julio en Cuba, el Frente Sandinista en Nicaragua, el bolivarianismo en Venezuela y el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia, incluso cuando hacen un llamamiento a formas de lucha radicales, como en el caso de Cuba y de Nicaragua, recurren princi palmente a formas políticas amplias, tanto en sus plataformas como en sus lemas y alianzas. Lo que los caracteriza como movimientos revolucionarios es el hecho de enfocar la cuestión del poder de manera directa, concreta, adecuada, y de construir una fuerza estratégica que corresponda a la historia de luchas del campo popular en el país y sea acorde con el tipo de poder existente. Ante la experiencia concreta de transición pacífica al socialismo de la UP en Chile, bajo la presidencia de Salvador Allende, la izquierda revolucionaria se enfrentó a un gran desafío. Desde su nacimiento, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) tuvo una visión visión clasis clasista ta del Estado -bur gu és - y denu nci ó el carác ter proimperialista de las las burguesías nacionales; en consecuenci a, no consideraba posible una vía institucional de transición del capitalismo al socialismo. Sin embargo, ante la inesperada victoria electoral de Allende en 1970, debió enfrentar el dilema de cuál sería la actitud que convenía tomar. Coherente con su visión estratégica, desde la victoria electoral de la UP el MIR se puso a disposición de Allende para su protección personal, y constituyó lo que se llamó el Gru po de Amigos del Presi-

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dente (GAP). Se ofreció a buscar informaciones apenas el primer plan golpista fue puesto en práctica: el secuestro y el asesinato -falsa mente atribuidos a movimientos armados de izquierda- del entonc es coma ndan te en jefe de las Fuerzas Armada s, general Rene Schneider, de tendencia democristiana, nombrado por el presidente Eduardo Frei que estaba terminando su mandato. Esas informacio nes permitieron descubrir que se trataba de una trama urdida por la propia derecha, que intentaba crear un ambiente de intranquilidad e insinuar que, con el gobierno de Allende, los grupos armados actuarían abiertamente. El objetivo era impedir que el Congreso chi leno ratificara el nombramiento de Allende, que había ganado con tan sólo el 36,3 % de los votos en la prime ra vuelta y, según mand aba la Constitución, necesitaba la confirmación del parlamento para asumir la presidencia. Los dilemas que se le presentaron a un gobierno que llegó al poder en las condiciones en que fue elegido Salvador Allende -con un programa radical, anticapitalista, pero sin siquiera tener el apoyo de la mayoría humilde de la población- eran complejos. Allende intentó poner en práctica su plataforma política, pero quedó asfixiado dentro del aparato de Estado hasta que terminó derrocado por un golpe militar. El MIR luchó por la aplicación estricta, y más radical aún, del programa socialista. Por un lado, estaba convencido de que las estructuras de poder existentes impedirían que el programa se aplicara, y consideraba que el golpe militar era inevitable. Por otro, luchaba para que el pro grama fuera aplicado de una forma más profunda. El MIR consiguió extender ampliamente la organización del movimiento popular, particularmente en el campo, en los asenta mientos informales y en el movimiento estudiantil. Propuso órganos del poder popular, como las estructuras del que sería un futuro poder nacional alternativo, y consiguió avanzar aliándose con los sectores más radicales del Partido Socialista. Consideraba que el golpe militar era inevitable, por lo que era necesario pre parar el movimiento de masas y el propio partido para enfrentarlo. La interpretación que se hacía era que, después de la oportunidad y del fracaso de la estrategia reformista, llegaría el momento de la estrategia revolucionaria.

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El golpe militar efectivamente efectivamente ocurrió, per o alcanzó con dureza a la izquierda. No solamente representó el fracaso de la estrategia reformista, sino un cambio brutal, desfavorable para la relación de fuerzas. Significó también el comienzo de una estrategia de ani quilamiento de toda la izquierda y el campo popular, y el MIR fue su víctima dilecta. Una evaluación equivocada de lo que era posi ble realizar en el momento de la victoria de Allende llevó a profundizar el nivel de los enfrentamientos sin que la izquierda estuviera en condiciones de evitar el golpe o, una vez implantado, de resistirlo exitosamente. El camino podría haber sido otro, como redefinir la relación entre reformas y revolución y tratar de poner en práctica proyectos de reforma agraria y urbana. Aunque no tuvieran un carácter frontalmente anticapitalista, habían repre sentado un avance democrático y social profundo en esa dirección. El lema del MIR ("El socialismo no son algunas fábricas y algunas tierras para el pueblo, sino todas las fábricas y todas las tierras") reflejaba reflejaba ese ese maximalismo. Era la más impor tant e expre sión de la izquierda revolucionaria en Chile y agrupaba fuerzas extraordinarias de militancia, dando muestras de un gran espíritu de organización y de creatividad política; no obstante, sucumbía en una lógica de ultraizquierda. El problema se plantea como una actualización del tema reforma/revolución y de las relaciones entre los movimientos radicales, anticapitalistas y las fuerzas de centroizquierda, que tienen posiciones contradictorias. ¿Qué actitud puede tomar una fuerza radical ante gobiernos como los de Lula, Tabaré Vázquez, Cristina Kirchner, Daniel Ortega, José Luis Rodríguez Z apatero , entre otros de la misma naturaleza? No son gobiernos de dere cha; en todos esos países existen fuerzas que personifican a la derecha y son opositoras a esos gobiernos, aun cuando éstos no lleven a cabo un programa claramente de izquierda. La bipolaridad suele ser una realidad concreta, que ocupa gran parte del campo político, pues presiona tanto para lograr una alianza subordinada y ocupar el espacio más a la izquierda como para crear un espacio nuevo, que rompa esa lógica. La bipolaridad conlleva también el riesgo, grave, siempre presente, de concent rar sus ataques en el gobierno -de centroizquierda o caracterizado

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como de "nueva derecha"- y promover la confusión en lugar de contribuir a fortalecer la polarización entre derecha e izquierda. La falta de reconocimiento del carácter de izquierda o de centroizquierda de los gobiernos mencionados acaba desplazando a las fuerzas que pretenden ocupar el espacio de la izquierda y hace que, al oponerse centralmente a esos gobiernos, favorezcan a la derecha. En vez de eso, deberían definirse en función de políticas concretas, apoyar a las que poseen un carácter de izquierda y opo nerse a las que tienen uno de derecha. Si una línea política pierde la referencia de dónde está la derecha y de los los riesgos que repr esenta, y confunde un aliado contradic torio, moderado, con un enemigo, quiere decir que no consiguió apre hender la realidad del campo político existente. Eso fue lo que ocurrió con el Partido Comunista alemán. Cuand o a comienzos de 1930 caracterizó a la socialdemocracia alemana como un fascismo disfrazado, un aliado del fascismo que pertenecía al campo de la derecha, terminó confundiendo a un aliado vacilante con un ene migo. No supo diferenciar los campos, gastó una energía que, siguiendo un orden de prioridades, debería haber concentrado en la dere cha peli grosame nte as cenden te, se aisló y favoreció favoreció la victoria victoria enemiga. Esto fue lo que ocurrió, de forma dramática y trágica, con la socialdemocracia alemana, a la cual el Partido Comunista caracte rizó como otra versión del totalitarismo nazi, la versión estalinista. Así se produjo la división que facilitó la ascensión del nazismo, que reprimiría indistintamente a ambos. En el caso concreto del gobierno de Lula, su propio carácter contradictorio hace que reciba críticas y elogios de la derecha y de la izquierda, por completo diferentes entre sí. Las fuerzas de la izquierda tienen que trabajar para instaurar un campo político e ideológico de enfrentamientos donde predomine la polarización derecha/izquierda. No por algún fetichismo parti cular, sino porque una fuerza representa el mantenimiento y la reproducción del sistema, mientras la izquierda se dispone a crear una alternativa antineoliberal y anticapitalista. La lucha ideológica y la lucha social tienen que ser enérgicas pero deben estar subordi nadas a la lucha política, q ue es centra l y se focaliza focaliza en la oposición al poder dominante y en la construcción de un poder alternativo.

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Los proyectos de izquierda que consiguieron construir sufi ciente fuerza para disputar victoriosamente la lucha hegemónica supieron despertar la lucha de masas y de ideas manteniendo siempre la disputa política como su referencia central. Esto quiere decir que la batalla ideológica debe seleccionar los temas estratégicos determinantes para la unificación de todas las fuerzas del campo popular en cada momento -en el presente, la lucha antineoliberal y posneoliberal-. Antineoliberal en el sentido de combatir todas las formas de mercantilización, posneoliberal en el de construir alternativas centradas en la esfera pública, dado que en la era neoliberal el campo de enfrentamientos tiene su foco en la polarización entre esfera mercantil y esfera pública. La lógica doctrinaria absolutiza la lucha ideológica y se erige como defensora de los principios teóricos del marxismo, de la pureza de esos principios; por eso, no sólo suele quedar aislada sino que también propicia divisiones aún mayores dentro de la izquierda en lo que atañe a las interpretaciones de la teoría -y de esto el trotskismo es un ejemplo-, o condena todo proceso revolu cionario nuevo que, por ser heterodoxo, "contra el capital", merece ser rechazado y condena do. Así ocurrió con todos los pro cesos que triunfaron, en Rusia, China, Cuba, Vietnam y Nicaragua, y sigue ocurriendo en Venezuela, Bolivia y Ecuador. En Francia, Sartre escribió en 1968 sobre las dificultades que tenían los comunistas para captar las formas nuevas que asumía la lucha de clases, y llamó a este fenómeno "miedo a la revolución" real mente existente, la cual necesariamente tendría que diferir del asalto al Palacio de Invierno de la Revolución Bolchevique. La Revolución Rusa no podría postularse como una ruptura con el capitalismo, porque eso iría en contra de la predicción de Marx de que el socialismo habría de surgir en los países centrales del capitalismo. La Revolución China debería limitarse a la expul sión de los invasores y al desarrollo de un capitalismo nacional. La Revolución Cubana fue expresamente condenada por usar métodos considerados "aventureros" y "provocadores", cuando aún no estaban dadas las condiciones para una ruptura como la que se proponía. En todas estas revoluciones, incluidos los proce sos venezolano y boliviano, la clase obrera no tuvo un papel de

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liderazgo ni las condiciones económicas permitirían hablar de anticapitalismo. Sin embargo, la verdad es concreta, nace del análisis concreto de condiciones concretas. Los principios son principios, no surgen de los libros y van hacia la realidad, sino que renacen con cretamente de la lucha cotidiana cuando revelan su actualidad. Los errores teóricos se pagan con creces en la práctica, pero el celo teórico por los principios no aprisiona la riqueza de los pro cesos históricos concretos en estrechas vitolas dogmáticas. El análisis de Alvaro García Linera sobre la forma en que la izquierda tradicional boliviana consideraba a los indígenas es un excelente ejemplo contemporáneo de la rebeldía de la realidad concreta co ntra los dogmas. La izquierda boliviana boliviana siempre buscó construir una alianza obrero-campesina, calcando los moldes de la que habría existido durante la Revolución Bolchevique. Tenía una referencia concreta en la clase obrera minera que, situada en el enclave determinante para la economía boliviana, disponía de una especie de poder de veto sobre los asuntos económicos del país, porque la paralización de las minas era capaz de frenar eco nómicamente a Bolivia. Pero el aislamiento, incluso físico, que supone un enclave dificultaba la construcción de un proyecto hegemónico alternativo dirigido por los mineros. El desempeño de los mineros en la revolución de 1952, la nacio nalización de las minas de estaño, la creación de consejos obreros, incluso la sustitución de las Fuerzas Armadas por brigadas de auto defensa, daban la impresión de que existía una clase obrera minera con capacidad estratégica. Por otro lado, la reforma agraria parecía proyectar en el campesinado un aliado estratégico de los mineros, y así quedaba conformada la fórmula clásica. Se trataba del intento de aplicar a una realidad concreta, necesariamente específica, un esquema teórico derivado de otra realidad: la soviética. La población del campo era interpelada por su forma de tra bajo, de reproducción de sus condiciones de existencia. Dado que viven de la tierra, fueron catalogados como campesinos. No importaba si eran indígenas. Deberían olvidar esos orígenes mile narios para asumirse como campesinos, aliados subordinados -y de cierta forma vacilantes, por qué no proletarizados y ligados a la

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pequeña propiedad- de los obreros mineros. La determinación económica se haría de forma directa y mecánica reduciendo a los indígenas a campesinos. Fue precisamente la reconstrucción concreta y específica de la historia boliviana, desde el período anterior a la colonización, lo que permitió que García Linera consiguiera descubrir los elemen tos relevantes de la identidad de los pueblos originarios, de su condición de indígenas, de aimaras, quechuas, guaraníes. Fue ese tipo de análisis lo que le permitió captar la identidad de los pue blos indígenas en su totalidad, lo que hizo posible que ellos asumieran políticamente esa identidad y consiguieran elegir como presidente a Evo Morales, además de construir un partido -el MAS- como instrumento de imposición de su hegemonía sobre el conjunto de la sociedad boliviana. El caso que aparentemente repitió una estrategia victoriosa, la de la Revolución Cubana, fue el de la Revolución Sandinista. Fue un episodio de excepción, pe ro es preciso registrarlo. Hu bo diferencias, es cierto, en la forma misma de conducción de la guerra de guerri llas, llas, así como en la incor poració n directa a la lucha clandesti na y de masas -mucho más amplia que en Cuba- de mujeres, cristianos, niños y ancianos. Pero en lo esencial, por haberse dado en el mismo perí odo histórico, presentan más similitudes entre sí que otros proce sos revolucionarios. Si en Cuba el efecto sorpresa fue determinante para la victoria, en el caso de Nicaragua fue la conjunción de una serie de factores: la derrota estadounidense en Vietnam, las luchas por los derechos civiles y contra la guerra dentro de los Estados Unidos, la crisis crisis de Watergate y la renun cia de Richa rd Nixon, moti  vos que llevaron a Jimm y Cárter a int entar resc atar el prestigio externo de los Estados Unidos con su política de derechos humanos y de distanciamiento respecto de las dictaduras que, con anteriori dad, su país había apoyado en el continente. El efecto fue parecido, así como las dificultades para que los movimientos guerrilleros en Guatemala y El Salvador lo exploraran de nuevo. El elemento decisivo para que esos procesos dejaran de ser via bles indujo a las guerrillas guatemalteca y salvadoreña a un proceso de reconversión hacia la lucha política: la correlación de fuerzas internacional hizo que el triunfo de procesos de lucha armada

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fuera inviable. Las críticas intrínseca s a los procesos políticos actua les vividos por la izquierda no cuentan con esa alternativa, por lo cual la izquierda tiene que ajustar cuentas con las estructuras de poder existente, retomar el proceso de su crítica radical en la medida en que ha superado el pasaje por esas mismas estructuras. Dado que la estrategia de reformas y de ruptura violenta mediante la lucha armada ya no es un camino posible, el pasaje al período histórico actual impone nuevas condiciones de lucha y crea las mejores condiciones para una rearticulación concreta, enriquecedora, de las relaciones entre reforma y revolución.

LA LÓGICA REFORMISTA

La lógica reformista subestima o abandona tanto la lucha ideoló gica como la de masas. Busca espacios de menor resistencia para avanzar, en la medida de lo posible, y tiende a alterar gradual mente la correlación de fuerzas sin tocar el tema central de las relaciones de poder. Inne gabl emen te implicó logros signific significativ ativos os en América Latina -especialmente en los gobiernos nacionalistas en la Argentina, México y Brasil- cuando los proyectos de desa rrollo económico de sectores de la burguesía industrial coincidieron con los del movimiento sindical y de sectores de las capas medias. Fueron décadas de crecimiento acelerado, con dis tribución del ingreso y movilidad social ascendente, que concluyeron cuando se agotó el largo ciclo expansivo del capita lismo internacional y latinoamericano. Teóricamente los proyectos de reformas pretenden alcanzar una modificación profunda de las estructuras económicas, socia les y políticas vigentes. Responden a la lógica espontánea de las transformaciones progresivas, de desplazamientos sucesivos en las relaciones de poder, conquistados por las demandas económicas y sociales sociales que fortalecen gradual mente el campo p opula r y debili debili tan el polo enemigo. Esta fue, y es, la lógica predominante en la gran mayoría de las situaciones históricas. Las condiciones para el surgimiento de un proceso revolucionario son muy especiales, ya que se requiere la

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combinación de determinados momentos para que una revolu ción -circunstancia muy particular de la historia- sea posible. La ideología y la práctica espontánea de las luchas sociales, económi cas y políticas son las de la lucha gradual para conseguir mejoras en la situación de la masa del pueblo, lograr modificaciones pau latinas en las legislaciones vigentes y conquistar más espacios institucionales en el sistema político. Aunque haya sido responsable de una parte importante de las conquistas económicas y sociales durante varias décadas, el refor mismo fracasó como estrategia de transformaciones graduales de las relaciones de poder, en su intento de hacer que los triunfos parciales resultaran cambios cualitativos en las relaciones de po der e introdujeran un nuevo sistema político. En síntesis, las refor mas no sustituyeron a la revolución ni condujeron a ella y muchas veces no apaciguaron las reacciones de los bloques dominantes frente a los proyectos graduales y moderados de la izquierda. El fracaso se debe principalmente a no haber hecho del poder un tema central y a no haber trabajado para la construcción de for mas de poder alternativo. Es una falta determinante, fatal, para una fuerza política que se propone proyectos estructurales de transformación. Es un tema que -cuando se lo ignora- retorna con una intensidad multiplicada y sorprende a aquellos que pro ponen proyectos de transformación que inciden sobre las relacio nes de poder dominantes, y que los golpea más duramente cuanto más desprevenidos están. El golpe contra Salvador Allende es un caso típico. El presi dente chileno consiguió la aprobación unánime del Congreso para nacionalizar el cobre, controlado por empresas estadouni denses. Pero el consenso no pudo disimular ni atenuar el duro golpe asestado contra los Estados Unidos. En respuesta, el gobierno de Richard Nixon -cuyo secretario de Estado era nada más y nada me nos que Henr y Kissinger- aceleró los planes golpisgolpistas contra Allende. Por su parte, el socialista chileno, confiando en la tradición de alternancia en el gobierno y en la defensa de la legalidad por parte de las Fuerzas Armadas, no se preparó para enfrentar la ofensiva derechista con estrategias alternativas de poder. Y así sucumb ió, sitiado dent ro del palacio de gobie rno,

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defendiendo, él solo, una legalidad que la derecha había deci dido sacrificar hacía mucho tiempo. Los distintos proyectos de reformas obtuvieron logros por estar insertos en un período histórico de larga duración -de 1930 a 1970- en el que el proyecto heg emóni co a escala mundia l y regio nal era de carácter progresista, regulador, keynesiano, de bienestar social. Los vientos soplaban a favor de ellos y permitían la conver gencia, en cierta medida, de los intereses del campo popular con los de sectores del bloque hegemón ico. Cuando este período terminó y predominaron los proyectos de carácter regresivo -neoliberal, desregulador, privatizante-, la derecha se apropió del concepto mismo de reforma, que pasó a significar, en el consenso dominante, desarticulación del papel regulador del Estado, liberalización económica, apertura de los mercados, precarización de las relaciones laborales. La misma élite que había desarticulado las formas de regula ción estatal, que había dilapi dado el patrim onio público y llevado llevado a los Estados a niveles de endeudamiento insoportables, ponía en escena un dilema central: la polarización privado/estatal o, de forma más directa, directa, mercado/Est ado. ¿Qué puede significar un proyecto de reformas en ese marco? En caso de que no cuestione el modelo neoliberal, será una ver sión interna de ese modelo. Así ocurrió con la llamada "tercera vía", que reivindicaba ser la "cara humana del neoliberalismo". Es el riesgo que corren aquellos gobiernos que desarrollan políticas sociales importantes -como los de Lula, Kirchner y Tabaré Váz quez- que alteran las relaciones de fuerza en el campo social, al extender el acceso a los bienes fundamentales a sectores relevantes de la economía, pero dejan intactos la hegemonía del capital financiero, la dictadura de los medios privados, ei gran peso de los sectores del agronegocio, por mencionar sólo algunos de los facto res más determinantes de las relaciones de poder en nuestras sociedades. Ese es precisamente el límite de un proyecto de refor mas en la actualidad, en el marco de la hegemonía global neoliberal y de sus consecuencias para cada país. Si esos problemas no son enfrentados y solucionados democráticamente, esos gobier nos agotarán la capacidad de acción que demostraron tener hasta

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la llegada de la recesión internacional. Eso podría frenar el pro ceso de redistribución del ingreso y favorecer un eventual retorno de la derecha a los gobiernos, incorporando tales políticas, neutra lizando su carácter progresista y cooptando a sus beneficiarios. Por esa razón, los procesos como el boliviano, el venezolano y el ecuatoriano intentan -al mismo tiempo que tratan de poner en práctica un modelo económico antineoliberal- combinar ese movimiento con la refundación del Estado en torno de la esfera pública, para facilitar la constitución de un nuevo bloque de fuer zas en el poder y el avance en la resolución de la crisis hegemónica en la dirección posneoliberal. Se trata de un proceso de reformas, pero orientado a la transformación sustancial de las relaciones de poder que son los cimientos del Estado neoliberal. Sin eso, sería difícil contrarrestar la hegemonía del capital financiero e imponer medidas tales como el control de la circulación de ese capital, la centralización del cambio y la subordinación de los bancos centra les a políticas económicas de desarrollo soci oeconómico. Retomando la problemática de la reforma y la revolución, no existe necesariamente un antagonismo central entre ambas. Todo depende del tipo de reforma, del modo y la amplitud con que afecte las relaciones centrales de poder, así como de la capacidad para construir un bloque de fuerzas alternativo donde el Estado -su naturaleza económica, social y política- tenga un papel esencial. Las reformas epidérmicas, que no afectan la correlación general de fuerzas entre las principales fuerzas sociales, sociales, en tre los ca mpos políti cos antagónicos, se contraponen a los procesos de transformación profunda de la sociedad, pues ocupan su lugar movilizando la ener gía social y política para readecuar el modelo neoliberal, que en el período actual todavía es hegemónico, cuando, en realidad, debe rían promover la acumulación de fuerzas y la sustitución de ese modelo y del bloque de fuerzas que lo sustenta. De la articulación entre reformas profundas y procesos de transformación revolucionaria de las estructuras heredadas por los gobiernos progresistas en el continente dependen la supera ción del neoliberalismo y el triunfo de los proyectos posneoliberales que el nuevo topo ha hecho surgir de manera sorprendente y pujante en el comienzo de este nuevo siglo.

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LAS TRES ESTRATEGIAS DE LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA

En las primeras décadas del siglo pasado, inmediatamente des pués de constituirse como fuerza autónoma, la izquierda latinoa mericana quedó marcada por dos grandes períodos, cuyos protagonistas principales fueron las corrientes anarquista, socia lista y comunista.

1.

LA ESTRATEGIA DE REFORMAS DEMOCRÁTICAS

La primera estrategia articulada de la izquierda se organizó en torno de grandes reformas estructurales destinadas a desbloquear el camino del desarrollo económico, personificado por el pro yecto de la industrialización sustitutiva de importaciones. Mediante una alianza subordinada de la clase trabajadora y la izquierda con las fuerzas del gran empresariado nacional, se esta blecía como objetivo el fomento de la modernización económica, la reforma agraria y la independencia nacional. Fue una estrate gia implementada por fuerzas nacionalistas -Getúlio Vargas en Brasil, Brasil, Lázaro Cárdena s en México, Jua n Domin go Perón en la Argentina, entre otros-, así como por fuerzas partidarias de izquierda o de centroizquierda -como los gobiernos del Frente Popular, dirigido por Pedro Aguirre Cerda (1938), y de la UP, dirigido por Salvador Allende (1970), ambos en Chile-. Esta estrategia correspondía a un período histórico condicio nado por un largo ciclo expansivo del capitalismo internacional y, en el contexto latinoamericano, por proyectos de desarrollo industrial, bajo la hegemonía o el peso determinante de estructu ras agrarias o mineras concentradas en la exportación. La clase obrera, ju nt o a las capas medias urba nas, iba crecie ndo, y con la extensión de sus derechos sociales daba consistencia a la expan sión del mercado interno de consumo. Este proceso se prolongó durante casi cinco décadas, desde los años treinta. El objetivo político de esa primera gran estrategia de la izquierda era la transición a las sociedades industriales, democrá ticas y nacionales, mediante una alianza entre la burguesía industrial, la clase trabajadora y las capas medias urbanas, como

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etapa previa a la construcción del socialismo. Este tipo de pro yecto tuvo dos variantes principales: la hege moni zada por fuerzas nacionalistas -son ejemplos los gobiernos del Frente Popular chi leno, el PRI mexicano, el MNR boliviano, el peronismo, el getulismo, entre otros- y la hegemonizada directamente por un bloque de izquierda -cuyo ejemplo más representativo fue el gobierno de Salvador Allende-. Sus programas se centraban en reivindicaciones económicas y sociales: desarrollo y distribución del ingreso. Apoyándose en la existencia de una burguesía nacional con intereses contrarios a esos sectores, definían como enemigos fundamentales al latifun dio y al imperialismo, y dirigían un bloque al que deberían sumarse la izquierda y el movimiento obrero para sortear los obs táculos al desarrollo democrático y nacional. Esos fueron los gobiernos que en más oportunidades ocuparon el espacio de la izquierda en el campo político, con o sin apoyo de socialistas y comunistas. La alianza entre esas dos fuerzas parti cipó activamente de la lucha política hasta lograr la victoria de la UP en Chile, lo que representó por primera vez la hegemonía de las fuerzas clasistas de la izquierda. Allí fue donde el modelo estra tégico logró contornos más definidos. Fue la única experiencia, en toda la izquierda mundial, en que se puso en práctica -o por lo menos se intentó hacerlo- un proyecto de transición pacífica hacia el socialismo. Era una estrategia de transición institucional, sin rupturas, que pretendía incorporar, fortalecer y ampliar las estructuras demo cráticas existentes. Buscaba democratizar las relaciones económi cas y sociales aumentando el peso regulador del Estado mediante la nacionalización de las empresas básicas y el control de la re mesa de lucros hacia el exterior. El programa de la UP representaba una ruptura con la estrategia etapista (según la cual el socialismo sería precedido por una etapa de reformas que modernizaría el capitalismo) y pretendía expropiar el gran capital, nacionalizando las ciento cincuenta empresas nacio nales y extranjeras más grandes del país, para de ese modo transferir al Estado el control del sistema nervioso central de la economía. Esta sería socializada mediante la constitución de consejos, con la

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participación de los trabajadores, que definirían los rumbos de la economía y de cada empresa. En el plano político, la propuesta más importante fue el plan de unificar la Cámara de Diputados y el Senado en una instancia parlamentaria única. El proyecto se topó con las propias estructuras del Estado: se lo pretendía transformar cualitativamente desde adentro. Al entrar en el corazón del aparato estatal, en su rama ejecutiva -pero con el apoyo electoral minoritario del 36,3% en 1970 y el 41% en 1973-, el gobierno de Allende se vio ahogado por esas estructu ras, pero no apeló a una refundación del Estado -porque confiaba en su carácter democrático- ni tampoco a la reconstruc ción de nuevas estructuras de poder fuera de su gobierno -el llamado "poder popular"-. De la forma más dramática, el golpe militar representó el agotamiento de esa estrategia en su expre sión más avanzada. Los gobiernos nacionalistas, como los de Perón, Getúlio Vargas y las revoluciones mexicana y boliviana, terminaron derrocados -en el caso de los dos primeros- o bien fueron cooptados, reabsor bidos y perdieron su impulso transformador. El suicidio de Getúlio Vargas en 1954 y el golpe contra Perón en 1955 -cuando termi naba el largo paréntesis abierto por la crisis de 1929 y prolongado por la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea- representa ron simultáneamente un cambio de carácter del proyecto nacionalista de sustitución de las importaciones, bajo el efecto del retorno masivo de las inversiones extranjeras (expresado por el ingreso de la industria automovilística, su forma más nueva y representativa) y la entrada del capitalismo latinoamericano en una etapa de subordinación a los procesos de internacionalización. Esa estrategia se agotó, ju nto c on el model o industrializador, cuando la internacionalización de las economías latinoamerica nas llevó al gran empresariado nacional de cada país a pactar sólidas alianzas con los capitales internacionales, lo que más tarde desembocaría en el modelo neoliberal. Antes habían habilitado las dictaduras militares del Cono Sur, y en esto se veía claramente la disposición del bloque dominante a liquidar el movimiento popular para adscribir a políticas económicas centradas en la

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exportación y el consumo de las altas esferas del mercado interno, así como en la superexplotación del trabajo. El ciclo de golpes militares en el Cono Sur -prenunciado por la destitución de Perón en la Argentina y por el suicidio de Getúlio Vargas, y efectivizado después por los golpes en Brasil en 1964, en Bolivia en 1971, en 1973 en Chile y Uruguay, y nuevamente en la Argentina en 1976- formalizó en el plano político e ideológico la finalización de aquel período y la adhesión de las burguesías nacio nales de la región a una orientación dictatorial, represiva y pro Estados Unidos, que no era sino un correlato de la internacionali zación del capitalismo en el continente. Los dos golpes que consolidaron la generalización de las dicta duras en la región sur del continente -Chile y Uruguayocurrieron exactamente el mismo año en que se convino estable cer el final del largo ciclo expansivo del capitalismo -el más importante de su historia, caracterizado por Eric Hobsbawm como "la Edad de Oro del capitalismo"-, a raíz de la crisis del petróleo. Se daba vuelta la página de un período histórico y, con él, de una estrategia de la izquierda latinoamericana. 41

2.

LA ESTRATEGIA DE LA GUERRA DE GUERRILLAS

A partir del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, la vía de la insurrección incorporó la guerra de guerrillas como estrategia de poder para la izquierda latinoamericana. Ésta había caracterizado a las revoluciones china y vietnamita, y ahora llevaba la "actuali dad de la revolución" a América Latina, de la mano del Movimiento 26 de Julio y del ejército rebelde c ubano . Los movimientos insurreccionales estuvieron presentes ya en las guerras de independencia contra las fuerzas coloniales, a comien zos del siglo XIX. En el siglo pasado, diversos acontecimientos reactualizaron la tradición insurreccional en el continente con dis tintas formas de lucha: primero la Revolución Mexicana, después las rebeliones de Sandino en Nicaragua y de Farabundo Martí en

41 Eric Hobsbawm,

A era dos extremos,

ob. cit.

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El Salvador, en los años treinta, y finalmente la revolución boli viana en 1952. Pero fue la Revolución Cubana la que representó una propuesta de lucha armada -la guerra de guerrillas- como segunda gran estrategia de la izquierda latinoamericana. Una estrategia victoriosa -como ya había ocurrido con la so viética y la china- que adquirió una poderosa capacidad de influencia y fomentó su repetición, con leves adaptaciones, en varios países. En Colombia, el movimiento guerrillero ya se estaba desarrollando en los años cincuenta con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y en Nicaragua la lucha de los sandinistas ya existía antes de la fundación formal del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en 1961, pero en países como Guatemala, Venezuela, Perú, Bolivia, Argentina, Brasil, Uruguay, México, República Dominicana y El Salvador el impulso de la victoria cubana fue el principal responsable de la difusión de esa estrategia. Dado que Cuba encontró en el conti nente un campo más homogéneo que el que la Revolución Rusa había encontrado en Europa occidental -a pesar de las diferen cias nacionales en América Latina-, su influencia se propagó en un lapso de tiempo muy corto, de la Argentina y el Uruguay urba nos a la Guatemala y el Perú rurales. La nueva estrategia se fundaba en las agudas contradicciones del campo latinoamericano, que eran fruto del predominio del latifun dio, las empresas extranjeras y los los modelos primario-e xportadores que obstaculizaban la reforma agraria y hacían de ese sector el esla bón más frágil de la dominación capitalista en el continente. Los núcleos guerrilleros, valiéndose de eso, además de su movilidad, de la ayuda de las conquistas campesinas, de la existencia de una dicta dura apoyada por los Estados Unidos y del factor sorpresa, triunfaron en Cuba y proyectaron un nuevo camino estratégico para la izquierda latinoamericana, que con la proliferación de las dictaduras tuvo que hacer frente al agotamiento del ciclo econó mico de sustitución de importaciones y de la democracia liberal. Desde 1959 y durante las cuatro décadas siguientes, hubo tres ciclos diferentes de lucha guerrillera hasta que prácticamente se agotaron las condiciones que habían permitido su proyección como principal forma de lucha de la izquierda en la región. El

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primero se produjo, bajo el efecto inmediato de la victoria cubana, en Venezuela, Guatemala y Perú. Estos dos últimos países tenían economías predominantemente agrarias, como Cuba, con un peso determinante de las poblaciones indígenas -aunque los movimientos guerrilleros, simplificando la cuestión, los conside raban campesinos-. En el caso venezolano se trataba de una economía petrolera, con escasa población rural. Ese primer ciclo ya no pudo contar con el factor sorpresa que había favorecido al movimiento revolucionario en Cuba, que, por eso mismo, había dejado de funcionar a partir de entonces. Más bien al contrario, despabilados por la sorpresa, los Estados Unidos intensificaron los mecanismos de la Guerra Fría, caratularon de "subversiva" a toda fuerza democrática y popular y formularon una política de incentivo a la reforma agraria para socorrer a los gobiernos. Con esta medida pretendían desactivar la escalada de conflictos en el campo, pues lo consideraban uno de los puntos esenciales para el movimiento guerrillero -que allí  estaría como pez en el agua-. Buscaban aislarlo de sus bases de apoyo. Se trataba de un mecanismo preventivo similar al desarro llado en Japó n y Corea del Sur, ambos ocupa dos por tropas estadounidenses, que imponía la realización de reformas agrarias con el objetivo de evitar la multiplicación de procesos como los que dieron origen a la Revolución China, cuyo fundamento fueron las contradicciones campesinas. Por otro lado, algunos de los gobiernos de esos países todavía mantenían cierto grado de legitimidad política por haber sido elegidos en procesos no dictatoriales, a diferencia del gobierno de Fulgencio Batista en Cuba. Guatemala era el país que más se acercaba al caso cubano. La versión de la estrategia triunfante en Cuba que más circulaba era una interpretación reduccionista -aquella hecha por Régis Debray en ¿Revolución en la revolución M que favorecía el voluntarismo y el militarismo, subestimando el arra igo de masas del Movimie nto 26 de Juli o en Cuba. Dab a la impresión de que el "pequeño motor" -el núcleo guerrillero ini2

42 Régis Debray, ¿Revolución Américas, 1967.

en la revolución?,

La Habana, Casa de las

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cial de doce combatientes- era capaz de crear las condiciones necesarias para que surgiera el "gran motor", en otras palabras, el movimiento de masas. La imagen de la gesta heroica de los doce guerrilleros sobrevivientes sobrevivientes del desem barqu e del yate Granma, qu e forjaría desde entonces las condiciones para la victoria revolucio naria, se diseminó e hizo que grupos sin raíces de masa, en países cuyos gobiernos poseían legitimidad institucional, desataran pro cesos de lucha guerrillera que sufrieron reveses debido a su aislamiento social y político. La derrota de este primer ciclo fue más rotunda en Perú, en sus distintas vertientes -la del MIR, de Guillermo Lobatón y Luis de la Puente Uceda, la del Ejército de Liberación Nacional (ELN), de Héctor Béjar, y la de un movimiento de autodefensa armada, de Hugo Blanco-, y también en Venezuela -tanto el MIR de Moisés Moleiro como las Fuerzas Armadas de Liberación Nacio nal (FALN) de Douglas Bravo-. En Guatemala, sin embargo, esa estrategia resurgiría con los movimientos dirigidos por Yon Sosa y por Luis Turcios Lima, dado que allí las condiciones se asemeja ban más a las de Cuba. Ese ciclo representaba la extensión de la guerra de guerrillas como forma de lucha y marcaría un nuevo período de luchas de la izquierda. El elemento nuevo, que pretendía darle una ampli tud continental, fue introducido por el proyecto del Che Guevara de organizar un núcleo guerrillero en Bolivia, no sólo como fuerza revolucionaria local, sino principalmente como eje coordi nador de los movimientos guerrilleros ya existentes y de los que comen zaban a organizarse en la Argentina, Ur uguay y Brasi Brasil. l. La muerte del Che y el truncamiento de su proyecto represen taron la primera gran derrota del movimiento guerrillero en el continente. Se cerraba así el primer ciclo de lucha armada, pero ya se estaba gestando el segundo, esta vez centrado en ciudades de los tres países del Cono Sur antes mencionados. Ese cambio alteraba factores esenciales, supuestos básicos de la guerra de gue rrillas tal como había sido practicada y teorizada en Cuba. Países con población básicamente urbana, como Argentina y Uruguay, y en proceso acelerado de urbanización, como Brasil, cambiaban el escenario rural original para aproximarse a las bases de apoyo,

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pero eso dificultaba el pasaje de los núcleos guerrilleros a estruc turas formales, regulares, de Ejército, en virtud de las condiciones mismas de las aglomeraciones urbanas y de la capacidad operativa de las fuerzas represivas en ese medio. Si, por un lado, el espacio urbano garantiza la proximidad con los centros neurálgicos del poder, por otro, dificulta enorme mente la creación de territorios liberados, lo que afecta la capacidad de expansión de las fuerzas guerrilleras y la debilita en términos de seguridad. Fue lo que acabó determinando los reve ses del movimiento de guerrilla urbana tanto en la Argentina -sea de los Montoneros o del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)- como en Uruguay -de los Tupamaros- o en Brasil -de todas las organizaciones armadas, en especial de las más impor tantes, como la Acción Libertadora Nacional (ALN) y la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR)-. Por la gran acumulación de fuerzas que obtuvo, tanto en apoyo popular como en fuerza militar en los casos uruguayo y argentino, las derrotas sufridas también fueron de grandes proporciones, y casi no dejaron otra cosa detrás de sí que rastros de víctimas y des trucción de las fuerzas de izquierda. Los nuevos cambios radicales en las relaciones de fuerza en el ámbito nacional e internacional ocurridos pocos años después hacen que las experiencias aparez can hoy como posibilidades todavía más lejanas. Las derrotas impuestas al campo popular -a las que no escapó ningún sector del campo opositor, sindicatos, partidos tradicionales, universidades, administración pública, movimientos sociales, prensa opositora, editoriales, parlamentos- desencadenaron un profundo desplazamiento regresivo en las correlaciones de fuerza entre las clases fundamentales que prepararía el campo para la hegemonía del modelo neoliberal. El fracaso del movimiento popular y de sus organizaciones, profundamente heridos por la represión, impon dría también la superioridad militar de las fuerzas dominantes. Sin embargo, el viejo topo de la lucha guerrillera se trasladaría a su terreno original, a su habitat inicial en términos sociales y regio nales, es decir, a los países de estructura predominantemente rural. Se dirigió hacia América Cent ral, y allí allí inaugur ó el tercer y último ciclo de luchas guerrilleras en el continente. La acumula-

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ción histórica de fuerzas del movimiento sandinista consiguió readecuarse, reunificarse y retomar la lucha después de que el propio Somoza contribuyera a abrir el espacio al promover el asesinato de Joaquín Chamorro, el principal líder de la oposición liberal. En Nicaragua se cumplieron varios de los factores que habían hecho posible la victoria cubana. En lugar del factor sorpresa hubo una pérdida de iniciativa de los Estados Unidos, golpeados por la derrota en Vietnam y por la crisis de Watergate, que llevó a la renuncia de Richard Nixon y la elección de Jimmy Cárte r para la presidencia. Éste intentó desvincular la política de Washington de las intervencio nes a favor de los golpes y las dictaduras militares en el Cono Sur, como asimismo de las experiencias desastrosas en Indochina. El con   junto de esos factores, sumado a la amplitud de la política de alianzas internacionales del sandinismo, t ermin ó favoreciendo una nueva vic vic toria del movimiento guerrillero rural en América Latina, veinte años después del triunfo de la Revolución Cubana. La lucha guerrillera en Guatemala y en El Salvador se retomó con estrategias similares, similares, contan do esta vez, vez, co mo había ocur rido en la lucha nicaragüense, con la unificación de todas las organiza ciones militares de ambos países. Sin embar go, co mo ocurrió con los movimientos inmediatamente posteriores al triunfo cubano, el factor sorpresa ya no tenía vigencia. Hay que tener en cuenta que la victoria sandinista se obtuvo el mismo año, y bajo los mismos impactos de los reveses externos que recibieron los Estados Unidos en Irán y Granada. Los efectos internos en la escena estadounidense no se hicie ron esperar: los demócratas fueron derrotados, los republicanos volvieron al poder con Ronald Reagan y comenzó la "segunda Guerra Fría". Nicaragua fue una víctima privilegiada de la con traofensiva estadounidense; Reagan afirmó que aquel país era la "frontera sur de los Estados Unidos". Las fronteras fueron milita rizadas, en especial la del norte, y Honduras pasó a ser una retaguardia militar norteamericana, de la misma forma que Laos y Camboya en Indochina. Los Estados Unidos luchaban para evitar el efecto dominó que se había producido en el sudeste asiático. Para eso, pusieron todo su poderío militar al servicio de los gobiernos guatemalteco y salvado-

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reno, con el fin de mostrar claramente a los movimientos guerrille ros y a la comunidad internacional que Washington no permitiría una nueva victoria de un movimiento hostil en la región. Las sucesivas ofensivas estratégicas de los frentes guerrilleros en los dos países fueron rechazadas por las tropas de los regímenes, estrechamente apoyados por los Estados Unidos. Hasta que un factor externo de dimensiones tan inesperadas como determinan tes estremeció el tercer ciclo ciclo guerrillero latinoamer icano: la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética y del campo socialista, momento en que el mundo recayó en un sistema polí tico mundi al unipolar, bajo la heg emo nía imperi al de la superpotencia a la cual precisamente se enfrentaban el gobierno nicaragüense y los movimientos guerrilleros de Guatemala y El Salvador. La caída del gobierno de Nicaragua -después de la inva sión de Granada y algunos años antes de la capitulación del gobierno de Surinam- multiplicó los efectos inmediatos del cambio en la correlación de fuerzas internacional. Mientras el gobierno sandinista convocaba a elecciones presi denciales -que se realizaron bajo la extorsión estadounidense, como si una espada pendiese sobre la cabeza de los nicaragüen ses, y que significarían el final de la guerra en caso de ganar la candidata Violeta Chamorro, ligada a los Estados Unidos, o su continuidad, en caso de que los sandinistas permanecieran en el gobierno-, los movimientos guerrilleros guatemaltecos y salvado reños se daban cuenta de que las victorias militares eran imposibles. Iniciaron entonces un proceso de conversión hacia la lucha política institucional que dio por concluida la lucha armada. De este modo terminaba el tercer ciclo de lucha guerrillera y, con él, un período de la izquierda latinoamericana en el que la lucha armada fue la forma de lucha más importante en el conti nente durante casi tres décadas. Al mismo tiempo, las derrotas de los movimientos guerrilleros en países que vivían bajo dictaduras militares -como el caso de la Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia y Chile (que tuvo núcleos guerrilleros de corta duración, como el MIR y el Movimiento Patriótico Manuel Rodríguez)- abrieron espacio para que el campo de la oposición quedara bajo la hege-

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monía de las fuerzas democrático-liberales, que retomaban así la iniciativa y sustituían, en el campo de la izquierda, a los movi mientos armados. En países como Colombia y México los movimientos guerrille ros continuaron, pero en un marco nacional e internacional muy distinto. Las FARC, el movimiento guerrillero más antiguo del continente, y el ELN -tras la desaparición de un movimiento de guerrilla urbana, el M-19- siguieron sus trayectorias, aunque con muchas más dificultades que antes, al igual que los núcleos gue rrilleros locales en México. En cuanto al ejército zapatista, se trata de una organización sui generis, que surgió como rebelión armada, pero no se considera un movimiento guerrillero en busca de la victoria mediante la lucha militar. Como lo muestr a claramen te el caso colombian o, la relación de fuerzas en el campo militar pasó a ser brutalmente desfavorable para los movimientos guerrilleros, y favorable a las Fuerzas Arma das de los distintos países, ahora directamente apoyados por Washington. Eso fue determinante para que los movimientos sociales y políticos actuales, incluso los más representativos y radi cales, como el MST brasileño, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) mexicano, los movimientos indígenas bolivia nos y ecuatorianos, no apelaran a la militarización de los conflictos. Caso contrario, serían inevitablemente diezmados por la incuestionable superioridad militar de las fuerzas regulares, dentro y fuera de sus países.

3. LA TERCERA ESTRATEGIA DE LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA

La hegemonía neoliberal reformuló el marco general de la lucha política e ideológica en América Latina. El cambio radical de la correlación de fuerzas impuesta en las décadas anteriores -que para algunos países, significó dictaduras militares, y, para práctica mente todos, gobiernos neoliberales- se consolidó con el nuevo modelo hegemónico. Las luchas de resistencia al neoliberalismo constituyeron una nueva estrategia para la construcción de un modelo alternativo que buscaba superar, incorporándolas y negándolas dialéctica-

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mente, las dos estrategias anteriores, y que se fue forjando y ade cuando a las condiciones de la hegemonía neoliberal. El primer elemento de esa nueva estrategia proviene de la na turaleza misma de la hegemonía liberal: la creación de un con senso de élites a favor de profundas (contra)-reformas liberalizantes, apoyadas fuertemente en un consenso fabricado por los medios privados que contaba con el soporte de gran parte de los partidos tradicionales. Los movimientos sociales re sistieron, en la defensiva, amparados en un respaldo popular potencialmente grande, pero limitado por las dificultades creadas por la ofensiva política y mediática, así como por la situación ob   jetiva que padecían (desempleo, precarización laboral y fragmen tación social). El segundo elemento consiste en la adhesión de los partidos de izquierda, socialdemócratas y nacionalistas, al neolibera lismo, lo cual dejó a los movimientos sociales prácticamente aislados en la resistencia a las políticas gubernamentales. El zapatismo, el MST, los movimientos indígenas bolivianos y ecua torianos tuvieron un papel destacado en las luchas de resistencia. Fueron luchas de defensa de derechos en riesgo que asumieron formas agresivas, desde las ocupaciones de tierra y las marchas de los sin tierra, pasando por la rebelión de Chiapas, hasta las sublevaciones populares de los indígenas bolivianos y ecuatorianos. A medida que el neoliberalismo implementaba el Estado mínimo, privatizaba las empresas públicas y anulaba derechos que iban desde el empleo formal a la educación y a la salud públicas, los movimientos sociales trataban de resistir como podían. La oposición al NAFTA fue central para el grito de lanza miento del movimiento zapatista, en 1994. La lucha contra las privatizaciones fue esencial en las movilizaciones de los sin tierra en Brasil. La resistencia al proceso de privatización del agua en Bolivia fue el punto de partida de la nueva etapa histórica de la izquierda en el país. Algo similar ocurrió en Ecuador, con el poder de veto de los movimientos sociales a los gobiernos neoli berales y a la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos.

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Cuando el modelo neoliberal comenzó a revelar sus límites y a dar muestras de agotamiento, el consenso fabricado se debilitó, surgieron fracturas entre los partidos tradicionales y varios presi dentes tuvieron que abandonar sus mandatos, sin terminar lo que mal habían comenzado, al ser rechazados por movilizaciones populares promovidas por los movimientos sociales -en especial, en Ecuador, Bolivia Bolivia y la Arg ent ina - En ese mar co se puso sobre el tapete, concretamente, el tema de las alternativas que podían pre sentarse a las fuerzas de resistencia al neoliberalismo, del pasaje de la defensiva a la ofensiva, de la lucha de resistencia a la disputa por una nueva hegemonía. De la fase de resistencia se pasó a la de derecho de veto, que tenía capacidad para obstaculizar a un gobierno, pero todavía no para construir alternativas. El mejor ejemplo de esa etapa fue el de Ecuador, por el poder que sus movimientos sociales tuvieron para derrocar a tres presidentes seguidos y luego vetar la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. Lucio Gutiérrez, el tercer presidente, había sido elegido con el apoyo de los propios movimientos sociales, que también participaron de su gobierno a través de la Confederación de Nacionalidad Indígenas de Ecuador (CONAIE) y del Pachakutik, representantes de los pueblos indígenas ecuatorianos. En esas movilizaciones coincidían desde sublevaciones terri toriales hasta huelgas de hambre, ocupación de calles, concentraciones de masa, resistencias armadas ante ofensivas represivas, etc. A partir de ahí se introdujeron diferencias entre las fuerzas antineoliberales: algunas se mantuvieron como movi mientos sociales y se refugiaron en lo que teorizaban como "autonomía de los movimientos sociales", mientras otras buscaron establecer nuevas formas de articulación con la esfera política, a fin de estar en condiciones de candidatearse para resolver la crisis de hegemonía instaurada. Los casos boliviano, ecuatoriano y paraguayo se sitúan claramente en esa segunda categoría; los casos mexicano y argentino, en la primera. La perspectiva de la "autonomía de los movimientos sociales" encon tró su teorización más articulada en la obra de Joh n Holloway, que busca establecer lo que sería la estrategia de los

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zapatistas, cristalizada ya en el título de su libro sin tomar el poder.

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Cambiar el mundo

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Esos movimientos tenían como meta las transformaciones en el ámbito local y en el plano social; por eso la estrategia de los zapatistas, centralizada en Chiapas, sería el ejemplo más claro. Esa visión coincide con aquella que enfatiza la centralidad "de las bases", de la construcción "de abajo hacia arriba" de nuevas estfucturas sociales. La posición crítica de una parte de los movimientos sociales a los partidos tradicionales y a su forma tradicional de hacer política se puede comprender por sus propias experiencias y frustraciones acumuladas. El error consiste en abandonar la esfera política cre yendo que una alternativa, incluso aunque esté construida desde las bases, puede esquivar la disputa en la esfera política. La existencia de las ONG (organizaciones que se definen por un supuesto rechazo a la política y con las cuales muchos movi mientos sociales tienen prácticas comunes) fortaleció esta tendencia. El surgimiento del FSM, cuya "Carta de principios" cristalizó la separación entre las esferas social y política, entre la lucha social y la esfera política, congeló la estrategia de los movi mientos populares en la fase de resistencia, de la cual no podían salir sin volver a articular esos dos campos. Cuando los movimien tos sociales quedaron restringidos a la esfera social, se pusieron a la defensiva, sin capacidad de crear los instrumentos para la dis puta de la hegemonía política. El "otro mundo posible" sólo puede ser creado con nuevas estructuras de poder; la resistencia de base, por sí sola, no basta. Dos ambigüedades esenciales caracterizan la posición centrada en la "autonomía de los movimientos sociales". Por un lado, la confusión de fronteras con el discurso neoliberal hace que los movimientos sociales también elijan al Estado, la política, los par tidos y los gobiernos como blancos principales de sus ataques. Es una postura que comparten con el neoliberalismo y que lleva a

43 John Holloway, doto, 2002.

Cambiar el mundo sin lomar el poder,

Buenos Aires, Antí

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confusiones respecto de las banderas defendidas por las ONG y por una parte de los movimientos sociales. Por otro lado, una de las características centrales del neolibera lismo es la expropiación masiva de derechos. La superación de ese rasgo, el restablecimiento y la garantía de los derechos sólo pueden lograrse por medio de políticas gubernamentales. De la misma forma, la regulación de la circulación del capital finan ciero -otra de las respuestas centrales de los FSM- sólo se puede conseguir mediante decisiones y acciones del Estado. Ocho años después del primer FSM, el "otro mundo posible" está comenzando a construirse en algunos países de América Latina. En espacios como el ALBA se pone en práctica una de las propuest as originales del FSM, el "comercio justo", ademá s de otras iniciativas que avanzan en la dirección del posneoliberalismo, como la Opera ción Milagro, la Escuela Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), las campañas de alfabetización y el Banco del Sur. Las disputas políticas por la construcción de gobiernos posneoliberales ocurrieron después de algunos tropiezos de las fuerzas antineoliberales. Mientras los zapatistas se aislaban en el sur de México sin conseguir traducir su lucha en una alternativa política nacional, mientras los piqueteros argentinos agotaban su impulso inicial por no encontrar formas de expresión política de sus luchas, mientras los movimientos indígenas ecuatorianos delega ban políticamente su representación a un candidato ajeno a sus organizaciones -que los traicionó incluso antes de comenzar a gobernar-, mientras todo eso ocurría, otras fuerzas sociales y políticas comenzaron a delinear una nueva estrategia de la izquierda. Esa nueva estrategia tiene en Bolivia, Venezuela y Ecuador sus principales escenarios. La combinación de sublevaciones popula res con grandes manifestaciones de masa desembocó en alternativas político-electorales, a diferencia de las estrategias ante riores de lucha insurreccional. Sin embargo, apartándose de los proyectos reformistas tradicionales, la nueva estrategia se propone implementar un programa de transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales no por medio de las estructuras de

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poder existentes, sino por la refundación de los Estados. Para eso, une elementos de la estrategia de las reformas y otros de la lucha insurreccional, buscando combinar formas distintas de lucha y rearticulando la lucha social con la lucha política. Bolivia representa la vía más característica de esa nueva estrate gia, porque los movimientos sociales, después de oponerse a gobiernos neoliberales, fundaron su propio partido -el MAS-, con el fin de imponer la hegemonía indígena en el plano político por medio de la elección de Evo Morales como presidente. La estrategia de la nueva izquierda boliviana se fundamenta en la crí tica al economicismo de la izquierda tradicional, que definía al indígena como campesino -porque trabaja la tierra- y lo carac terizaba como pequeño propietario rural. De ese modo, lo convertía en aliado subordinado de la clase obrera, concentrada en las minas de estaño. Ese economicismo expropiaba a los aimaras, quechuas y guara níes su identidad profunda y secular como pueblos originarios. Esa crítica, crítica, hech a por Alvaro Alvaro García Linera, actual vicepresidente de Bolivia, permitió reconstruir el nuevo sujeto político para rearticular la fuerza de masas acumulada desde 2000 con la esfera política y disputar la hegemoní a en el ámbito na cional. Ese nuevo sujeto sujeto político era el movimien to indíg ena que, jun to con otras fuerzas sociales, fundó el MAS y eligió a Evo Morales p ara la presi dencia de la República. Sin embargo, tanto el camino que llevó a los militares naciona listas al poder en Venezuela como el movimiento que eligió a Rafael Correa y condujo a la aprobación de la nueva Constitución en Ecuador tienen como estrategia ess nueva vía de la izquierda latinoamericana. Esos procesos, que renuevan la izquierda latinoamericana, no ocurrieron en los países donde la izquierda era tradicionalmente más fuerte y, por eso mismo, fue víctima de ofensivas represivas más duras, como Chile, Uruguay, Argentina y Brasil. Tampoco fueron protagonizados por partidos o movimientos tradicionales de la izquierda, como los comunistas, socialistas o nacionalistas tradicionales. No ocurrieron en Brasil, que hasta hace poco pare cía concentrar expresiones significativas de la izquierda, como el

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PT, la CUT, el MST, el FSM, además de las políticas de presu puesto participativo. Después de los movimientos guerrilleros de los años sesenta, Venezuela presenció la fundación de un nuevo partido, el MAS, producto de la escisión del Partido Comunista tras la denuncia de la invasión de Checoslovaquia. En un comienzo estaba en sinto nía con el Partido Comunista Italiano (PCI) y sus tesis sobre el eurocomunismo; sin embargo, evolucionó hacia la posición de adhesión al neoliberalismo de la socialdemocracia europea. En esas condiciones, Teodoro Petkoff, su principal dirigente, fue ministro de Economía del gobierno de Rafael Caldera en los años noventa. Tambié n surgió otro movimiento nuevo, el Causa R, que posteriormente perdió apoyo popular y no consiguió renovar la izquierda venezolana. Sin embargo, fue el movimiento de militares nacionalistas -bolivarianos- el que expresó el descontento popular con el paquete de medidas neoliberales puesto en práctica por Carlos Andrés Pérez en 1989. Después de promover su proyecto de desarrollo, Pérez tuvo como respuesta una movilización popular masiva contra su gobierno, el Caracazo, cuya represión provocó varias centenas de muertos. El mismo año ocurrió algo similar en la Argentina, cuando Carlos Menera prometió una "revolución pro ductiva" y de inmediato implantó un programa neoliberal, aunque sin despertar reacciones populares significativas. En paralelo, Fer nando Collor de Mello ganaba las elecciones presidenciales en Brasil con un programa neoliberal. El mismo año de la caída del Muro de Berlín, comenzaba la transición a un nuevo período his tórico, a escala internacional. También en 1989, Cuba entró en su "período especial", y al año siguiente cayó el régimen sandinista. El levantamiento militar dirigido por Hugo Chávez en 1991 surgió paralelamente al grito del zapatismo en 1994, y ambos representaron las primeras expresiones de resistencia al neolibe ralismo. Eran síntomas de que serían las nuevas fuerzas las que protagonizarían esa resistencia, y de manera más intensa: movi mientos indígenas, militares nacionalistas. Según relata Chávez, los militares sublevados anunciaron su movimiento y convocaron a las restantes fuerzas de la izquierda,

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aunque quedaron aislados y terminaron derrotados. Sin embargo, su movimiento irrumpió en la escena política de modo más o me nos similar al asalto del Cuartel Moneada, en Cuba, casi cuatro dé cadas antes, y a la primera ofensiva de los sandinistas en 1987. Fueron derrota s militares, pero victorias políticas. políticas. El movimiento bolivariano supo reciclar su sublevación militar en la lucha político-institucional, político-institucional, con la cand idatu ra de Chávez a la pre sidencia de la República en 1998. El fracaso tanto de los gobiernos socialdemócratas de la Acción Democrática, que llevó a la acusación y el encarcelamiento de Carlos Andrés Pérez, como del gobierno democristiano del otro gran partido, el COPPEI de Rafael Caldera, provocó el agotamiento del sistema bipartidista que había caracteri zado la vida política venezolana durante tres décadas. De esta manera, en la campaña presidencial de 1998, los dos favo ritos eran candidatos outsiders. Irene Sáez, ex Miss Universo, ex gobernadora de Chacao, barrio rico de Caracas, y que estaba apo yada y financiada por los banqueros venezolanos refugiados en Miami después de la quiebra del sistema bancario y de la estatización realizada por Caldera; y Hugo Chávez, que la superó en la recta final y venció la contienda. Inmediatamente después de ser elegido, Chávez convocó una Asamblea Constituyente con el objetivo de refundar el Estado venezolano. Así inauguró una nueva estrategia. El contenido antineoliberal, de protesta contra el paquete y el gobierno neoliberal de Carlos Andrés Pérez, ya estaba presente en los orígenes del movimiento bolivariano. El contenido antiim perialista estaba expresado en la política petrolera del nuevo gobierno, que promovió la rearticulación de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y desarrolló un intenso intercambio con Cuba. Estas medidas lo enfrentaron a la prensa privada local y al gobierno de George Bush. La polariza ción con el gobierno de los Estados Unidos aceleró esa dinámica. En 2000, durante el segundo año del gobierno de Chávez y como si estuvieran saludando la llegada del nuevo siglo, estalla ron las rebeliones indígenas en Bolivia y Ecuador. El movimiento indígena boliviano protagonizó la Guerra del Agua, que impidió la privatización del sistema de distribución de agua en beneficio de una empresa estadounidense (la Bechtel Corporation) e inau-

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guró un impresionante ciclo de luchas que derrocaría a dos pri meros mandatarios -Sánchez de Lozada y su vicepresidente- y concluiría cinco años más tarde con la elección de Evo Morales, el primer aborigen electo presidente de Bolivia. Las rebeliones de los movimientos sociales ecuatorianos -en un comienzo indígenas, luego protagonizadas por movimientos urbanos- provocaron la destitución sucesiva de los tres presiden tes electos que mantuvieron el modelo neoliberal. El tercero, que había sido apoyado por los movimientos indígenas, renunció a su programa. La renuncia ocasionó la división de los movimientos: algunos sectores se mantuvieron en el gobierno mientras que otros rompieron con él, pero fueron debilitados por la derrota y por el desgaste causado por el apoyo al presidente. Al mismo tiempo, otros movimientos sociales sociales enfrentaban situacio nes similares tratando de articular, en el plano político de la disputa de alternativas, la fuerza acumulada en la resistencia al neolibera lismo. La actitud de descartar la esfera política debido a la crítica a dete rmin adas prácticas políticas equivalía equivalía a "arrojar al niño ju nt o con el agua de la tina" y autoexcluirse de la disputa política nacional. Eso fue lo que ocurrió con los zapatitas, quienes se alejaron de la lucha política nacional. Los piqueteros, después de la mayor crisis del Estado argentino, que povocó la caída de tres presiden tes en una semana, adoptaron el lema "que se vayan todos" en las elecciones presidenciales. No obstante, sin fuerza para derrocar los, dejaron el campo libre para que Carlos Menem ganara la primera vuelta con la promesa de dolarizar la economía -con todas las consecuencias que ello tendría para el proceso de inte gración latinoamericana-. En la segunda vuelta, Kirchner ocupó el espacio dejado por los movimientos sociales y fue elegido presi dente; con esta opción se evitaba lo peor. Los piqueteros quedaron aislados al mantener la postura de "autonomía de los movimientos sociales" y no comprender que era necesario cons truir propuestas hegemónicas alternativas. Finalmente, pocos años después de su espectacular aparición, vieron esfumarse su enorme capacidad de movilización. Para esas corrientes, la posición de "autonomía de los movimien tos sociales" acabó siendo no una manera de reagrupar la fuerza de

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masas para organizar nuevas formas de acción política, ni tampoco un camino para construir una forma alternativa de poder, sino una negación a encarar el tema del poder, una renuncia a la disputa por la hegemonía. Representó un retroceso a posiciones premarxistas, porque la crítica del marxismo a ese tipo de autonomismo rescata el concepto de poder como síntesis de las relaciones econó micas, sociales e ideológicas, y de esta manera restituye al poder en el puesto de mando, entendido como objetivo estratégico funda mental. El abandono de la esfera política es el abandono de la lucha por el poder. Sirve para mantener una supuesta "pureza" de la esfera social, que representaría directamente las "bases" contra las cúpulas, automáticamente consideradas ilegítimas como forma de representación política. Encarna la caída en visiones corporati vas y fragmentadas, inevitables cuando lo social se separa de la esfera política. La concepción más desarrollada de esa visión se encuentra en las obras de Toni Negri, por un lad o, y de Jo hn Holloway, por otr o. En ellas se abandona explícitamente la lucha por el poder, por la hegemonía, que todo lo corrompería con sus formas de represen tación política de la voluntad popular. Para Negri, el Estado se caracteriza como una instancia conservadora frente a los procesos de globalización. En realidad, ambos teorizan situaciones tomadas de forma descriptiva, sin construir estrategias antineoliberales, y terminan en la inercia de la autonomía de lo social. Todos acaban siendo prisioneros del campo teórico instaurado por el neoliberalismo, articulado en torno del eje estatal-privado, entre Estado y sociedad civil, una formulación heredada del núcleo central del liberalismo. La polarización no da cuenta del eje articulador del modelo hegemónico neoliberal, que rige nues tro tiempo. La propuesta neoliberal esconde en la categoría privada o sociedad civil fenómenos muy diferentes e incluso con trapuestos. En la sociedad civil convivirían sindicatos, bancos, movimientos sociales, traficantes, entre muchos otros. La esfera privada no es la que caracteriza la propuesta neoliberal. Ésta pre tende quitar poder y recursos al Estado no para transferirlos a los individuos, en su privacidad, sino para apostarlos en el mercado. Cuando una empresa es privatizada, no son los trabajadores quie-

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nes se apropian de ella, sino que es el mercado el que la rescata, según el mayor poder financiero de cada conglomerado econó mico que se la dispute. Así, el objetivo real de la propuesta neoliberal es la mercantilización, la transformación de todos los bienes en mercaderías, con un precio en el mercado, donde todo se vende y todo se compra. El neoliberalismo es la máxima expresión del proyecto histórico del capitalismo, esa "inmensa colección de mercancías" con la que Marx inicia El capital. Un proceso que comenzó con el fin de la esclavitud, para que la fuerza de trabajo se tornara libre -"des nuda", en palabras de Marx, en tanto separada de su realización, que demanda los medios de producción-, y para que la tierra se transformara en mercancía. En su etapa más reciente, después del interregno del Estado de bienestar social, lo que había sido asumido como derecho (educación, salud, etc.) se convierte en mercancía y se vuelve un bien negociable en el mercado. Incluso se transforman en mercancías bienes como el agua. En conclusión, la esfera hegemónica en el neoliberalismo es la esfera mercantil. Por otro lado, el polo opuesto no es el Estado. El Estado por sí  solo no define su naturaleza, porque puede ser un Estado socia lista, de bienestar social, fascista, liberal o neoliberal. Es un espacio de disputa sobre sus determinaciones. En el neolibera lismo, es un Estado mercantilizado, financierizado, que recauda recursos en el sector productivo y los transfiere, en gran medida, al capital financiero mediante el pago de las deudas. O puede ser un Estado refundado por gobiernos que buscan superar el neoli beralismo, y, en consecuencia, constituye nuevas estructuras de poder. El polo opuesto a la esfera mercantil es la esfera pública, con formada en torno de los derechos, de su universalización, lo cual requiere un profundo y extenso proceso de desmercantilización de las relaciones sociales. Democratizar significa desmercantílizar, sacar los derechos esenciales de la ciudadanía de la esfera del 44

44 Karl Marx, O capital: crítica da economía política (trad.: Regis Barbosa y Flávio R. R. Kothe ), San Pablo, Abril Cultural, 1983, p. 45 [ed. cast.: El   capital, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2002].

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mercado para transferirlos a la esfera pública, sustituir al consu midor por el ciudadano. De esta manera, la superación del neoliberalismo implica la refundación del Estado en torno de la esfera pública, incorporando espacios como el del presupuesto participativo, que representa depositar en manos de la ciudadanía organizada la toma de decisiones fundamentales. El campo teórico en la era neoliberal se articula, por lo tanto, en torno de la polarización entre esfera pública y esfera mercan til, y el Estado, por su parte, es un espacio de disputa entre ambas. De esa disputa dependen la naturaleza del Estado y el tipo de sociedad existente. Con más razón, entonces, la presencia estatal en la lucha contra el neoliberalismo es indispensable pa ra promove r y garantizar de rechos, regular la circulación del capital, y generar espacios de participación directa de la ciudadanía en la política y las estructu ras de poder. El posneoliberalismo demanda un Estado refun dado en torno de la esfera pública, y no una polarización contra el Estado desde la perspectiva de una supuesta sociedad civil o de la esfera privada contra la esfera estatal. A esas posiciones se suman las de la ultraizquierda, ya se trate de posturas intelectuales que limitan sus análisis a denuncias de "traición" -permaneciendo en el plano de la crítica, sin arribar a propuestas alternativas-, o de grupos doctrinarios que sólo repi ten posiciones maximalistas -invocaciones abstractas a la construcción del socialismo-, sin ningún asidero en la realidad concreta, pretendiendo con eso rescatar los principios teóricos frente a realidades que siempre los contaminan. No se dan cuenta de que ningún proceso revolucionario partió de esos supuestos teóricos, sino que llegó a ellos a partir de las demandas profundas de la realidad inmediata -como la de "pan, paz y trabajo" de la Revolución Rusa, por ejemplo-. En ningún lugar triunfaron posi ciones dogmáticas como las de los grupos de ultraizquierda. En Ecuador, los movimientos indígenas tardaron en recupe rarse de los reveses que venían sufriendo. Mientras tanto, Rafael Correa canalizaba la fuerza acumulada en la lucha antineoliberal y ocupaba el espacio que había quedado libre en el campo po lítico. Cuando los movimientos indígenas lanzaron como

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candidato a Luis Macas, su principal líder, el cuadro político ya estaba definido. Correa obtuvo un enorme triunfo, lo que le per mitió dirigir el proceso de construcción del posneoliberalismo en Ecuador; para ello convocó a la Asamblea Constituyente, que aprobó la nueva Constitución y una serie de otras medidas, cohe rentes con sus afirmaciones de que "terminaba la larga noche del neoliberalismo en Ecuador" y se vivía "no una época de cambios, sino un cambio de época". En Paraguay, Fernando Lugo se proyectó como el gran líder anticolorado, al frente de las movilizaciones populares contra el intento de reelección del entonces presidente Nicanor Duarte Frutos. Los movimientos sociales no apostaban al proceso electo ral, tardaron en movilizarse y, cuando lo hicieron, concurrieron al acto por separado, dejándose llevar por las diferencias internas, debilitándose y eligiendo sólo dos parlamentarios nacionales, cuand o su votación total les habría permitid o elegir por lo meno s cinco veces más. Así, Lugo no consiguió la mayoría parlamentaria y tuvo que aliarse con otros sectores para obtener gobernabilidad, además de depender todavía más del Partido Liberal. La com prensión del pasaje de la fase de resistencia a la hegemónica habría permitido que los movimientos sociales, articulándose políticamente, ganaran mayor protagonismo y favorecieran un proyecto posneoliberal en Paraguay. Los procesos boliviano, ecuatoriano y venezolano fueron con vergiendo así en una estrategia similar, cuyo objetivo es la superación del neoliberalismo y la construcción de procesos de integración re gional que fortalezcan la resistencia resistencia a la hegemoní a imperial. Dieron comienzo a la construcción de modelos posneoliberales y constituyeron una tercera estrategia en la historia de la izquierda latinoamericana. Los grandes avances realizados en América Latina en los prime ros años de este siglo ocurrieron precisamente por la democratiza ción obtenida a través del proceso de desmercantilización. Los intercambios económicos entre Cuba y Venezuela se convirtieron en un modelo de lo que el FSM llama comercio justo, un intercam bio basado en la solidaridad y en la complementariedad, y no en los precios del mercado como predica la OMC.

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Venezuela abastece a Cuba del petróleo que este país necesita, a preci os subsidi ados y con financiamientos a largo plazo, mien  tras que Cuba entrega a Venezuela especialistas de la mejor medicin a social social del del mun do, técnicos en deporte s, así como exper tos en alfabetización, que hicieron de Venezuela el segundo país en América, después de Cuba, en erradicar el analfabetismo, según datos de la Unesco. A partir de entonces, los intercambios promovidos por el ALBA extendieron esos criterios a intercambios con países que tienen muchas más necesidades que posibilidades de aportar a otros, como es el caso de Nicaragua, Bolivia, Honduras y Dominica (países como Ecuador y Haití participan del ALBA sin haber for malizado su adhesión a este proceso de integración). Se trata de un intercambio en el que cada país da lo que posee y recibe lo que necesita, en el marco de las posibilidades y de las necesidades de los participantes de ese tipo de comercio, el único en escala mundial que se aparta de los criterios de mercado de la OMC. Con esos criterios fue creada la ELAM, con su sede original en Cuba y otra en Venezuela, una entidad que formó las primeras generaciones de médicos pobres de América Latina -hoy ya son algunos millares-. Después de ser seleccionados en movimientos sociales y otras organizaciones populares, incluso estadouniden ses, los jóv ene s regresa n a sus países de orig en habi lita dos para ejercer la medicina social. De la misma forma se organizó la Operación Milagro, por la cual más de un millón de latinoamericanos ya fueron sometidos a cirugías oftalmológicas para recuperar la visión, en hospitales cubanos, venezolanos y bolivianos. Y todavía se llevan a cabo cam pañas para combatir el analfabetismo también en Bolivia, Nicaragua y Paraguay. Todos éstos son ejemplos de desmercantilización como forma de universalización de derechos, un proceso que sólo es posible cuando se rompe la norma central del modelo neoliberal, impuesta por los criterios de mercado. Representan un avance en la tarea de construir un modelo posneoliberal. La construcción posneoliberal supone, por lo tanto, una pro longada disputa por la hegemonía entre el nuevo bloque social y

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político y las viejas estructuras de poder vigentes. Alvaro García Linera considera que, en el caso boliviano, hubo cinco etapas diferentes: a) el descubrimiento de la crisis del Estado, con la aparición de "un bloque social políticamente disidente con capacidad de movilización y de expansión territorial de esa disidencia con vertida en irreductible"; b) a continuación, una etapa en la que, si esa disidencia logra consolidarse como un proyecto político nacional no recupera ble por el sistema dominante, se inicia lo que García Linera caracteriza como "empate catastrófico", porque esa fuerza opo sitora se muestra capaz de detener "una propuesta de poder (programa, liderazgo y organización con voluntad de poder estatal), capaz de desdoblar el imaginario colectivo de la socie dad en dos estructuras político-estatales diferenciadas y antagonizadas"; c) la constitución gubernamental de "un nuevo bloque político que asume la responsabilidad de convertir las demandas con testatarias en hechos estatales desde el gobierno"; d) la construcción de un "bloque de poder económico-políticosimbólico desde o a partir del Estado, en busca de articular el ideario de la sociedad movilizada con la utilización de recursos materiales del o desde el Estado"; e) y por fin, el "punto de bifurcación o hecho histórico-político a partir del cual la crisis del Estado" queda resuelta "mediante una serie de hechos de fuerza que consolidan de forma dura dera uno nuevo, o reconstituyen el viejo", es decir, tanto el sistema político como el bloque dominante en el poder y el orden simbólico del poder estatal. 45

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45 Alvaro García Linera, La polenáa Prometeo/Clacso, 2008, p. 394. 46 ídem. 47 Ibídem, p. 395. 48 ídem. 49 ídem.

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García Linera da como ejemplo la crisis estatal en Bolivia, que se puso de manifiesto en 2000 con la Guerra del Agua y que, al mismo tiempo, revirtió la política estatal de privatización de recursos públicos y permiti ó "reconstituir los núcleos territoriales de un nuevo bloque nacional-popular". El empate catastrófico ocurrió a partir de 2003, cuando se construyó un programa de transformaciones estructurales bajo la dirección de los movimien tos sociales, constituidos en "una voluntad de poder estatal movilizada". La asunción de Evo Morales como presidente pro movió la sustitución de las élites gubernamentales y dio comienzo a la construcción del "nuevo bloque de poder económico" y el "nuevo orden de redistribución de los recursos", que perdura hasta hoy. El punto de bifurcación habría comenzado con la apro bación del nuevo texto constitucional por la Asamblea Constituyente, que tuvo al referendo de agosto de 2008 como su punto de partida "sin que se pueda establecer con exactitud el momento final de su plena realización". Esa detallada caracterización de las diferentes etapas de la dispu ta hegemónica permite visualizar cómo se desarrolla ese proceso, los cambios que se dan en la correlación de fuerzas, en la inicia tiva, en la capacidad de construcción de fuerza propia y los mecanismos fundamentales que posibilitan concebir la formas centrales de desplazamiento del poder entre los dos bloques prin cipales enfrentados. En ese proceso de "transición estatal" hubo una "modificación de las clases sociales y de sus identidades étnicas culturales; esas clases asumieron, en primer lugar, el control del gobierno y, gra dualmente, la modificación del poder político y el control del excedente económico y de la estructura del Estado". El nuevo bloque en el poder está económicamente constituido por la pequeña producción mercantil urbana y agraria, en la que se des tacan los campesinos indígenas y los pequeños productores 50

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Buenos Aires, 50 51 52 53 54

ídem. ídem. ídem. ídem. Ibídem, p. 397.

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urbanos, como asimismo por las nuevas intelligentsias urbana e indígena letradas, algunas personalidades, las fuerzas obreras precarizadas y un segmento empresarial tradicional, en parte vinculado al mercado interno. A ese bloque se suma una nueva burocracia estatal, provenient e de las universidades públicas, que también incluye miembros de las redes sindicales. El conjunto del proceso de transición estatal, según lo ha carac terizado García Linera, "se presenta como un flujo de marchas y contramarchas flexibles e interdependientes" que afectan a las estructuras de poder y a la correlación de fuerzas políticas y fuer zas simbólicas. En esta tercera estrategia de la izquierda latinoamericana no existe ni alianza subordinada con sectores de la burguesía -como en la reformista-, ni aniquilamiento de las clases del bloque dominante -como en la estrategia insurreccional-, sino una dis puta hegemónica prolongada, de guerra de posiciones en el sentido gramsc iano. La convocatoria a la Asamblea Constituyente boliviana fue un reflejo de esa disputa. El gobierno pudo convo carla gracias gracias a la represent ación direc ta de los pueblos indígen as, que el MAS propo ne com o forma justa de consu mir una repre sentación nacional mayoritaria. Ese criterio, sin embargo, condujo a una victoria político-electoral arrasadora del gobierno, que provocó un desfase entre la nueva estructura política y la rela ción real de fuerzas en el plano económico. Las élites de los estados opositores, por su parte, boicotearon la nueva Asamblea. Eso se dio en un marco muy desfavorable al gobierno, porque las políticas neoliberales habían debilitado enormemente el Estado boliviano y el boicot de los sectores económicamente más podero sos representó un duro golpe para el nuevo gobierno. Para establecer una comparación, en Venezuela, después de que el gobierno recuperó Petróleos de Venezuela SA (PDVSA), el Estado se hizo muy fuerte y el gran empresariado privado se volvió relativamente débil. C uand o los empresarios privados boicotearon las elecciones, se debilitaron a sí mismos y el gobierno se fortale ció. En Bolivia, en cambio, el Estado estaba muy debilitado y la 55

55 Ibídem, p. 409.

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convocatoria se produjo cuando acababa de comenzar el proceso de privatización de las empre sas de gas y las las estruc turas estatales se encontraban fuertemente afectadas por las políticas neoliberales. El gobierno revisó su criterio original, sobre todo porque care cía de los instrumentos necesarios para poner en práctica una nueva Constitución aprobada sin participación alguna de las fuer zas representativas del gran capital privado. La elección confirmó la mayoría del MAS, pero sin los dos tercios necesarios para la aprobación de los temas conflictivos. Los sectores opositores par ticiparon y trataron de bloque ar el funci onami ento de la Asamblea Constituyente, para recomponerse en esa oportunidad de la derrota sufrida en la elección presidencial. Esa disputa se desdobló en los referendos autónomos estadual y nacional. En ellos, la oposición buscó dar una interpretación institucional a la descentralización, concentrándola sólo en los gobiernos estaduales. En un país donde los gobernadores fueron nombrados hasta las elecciones de diciembre de 2005, los libera les buscaron concentrar y limitar el debate democrático a la descentralización de los estados, mientras que el gobierno, repre sentando la reivindicación histórica de los pueblos indígenas, proponía una descentralización concentrada en esos pueblos. Contando con el monopolio prácticamente absoluto de los medios privados, la oposición logró imponer sus términos y consi guió obtener resultados favorables en los referendos en los estados que dirige. Lo que realmente busca con la autonomía es impedir qu e la reforma agraria iniciada por el gobiern o afecte las las bases materiales de su poder, o sea, el monopolio de la tierra. Y también pretende apropiarse de una parte significativa de la renta obtenida con la tasación del gas, que del 18% cobrado por los gobiernos anteriores, vinculados a la oposición actual, subió hasta el 82% en el gobierno de Evo Morales. De esta manera se ha convertido en una fuente primordial para la recomposición del Estado boliviano y para la implementación de las importantes políticas sociales que el gobierno lleva a cabo. El gobierno recompuso su propuesta de descentralización incorporando la dimensión de los estados. El referendo nacional fortaleció al gobierno, aunque la oposición sabe que con la nueva

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Carta -incluso con una composición de distintas matrices- se ins criben en las leyes fundamentales derechos básicos que limitan sus poderes y tornan posibles espacios de multietnicidad que hasta hace poco tiempo no existían. Otros gobiernos fueron elegidos a fuerza de rechazo al neolibe ralismo, como los de Lula, Kirchner, Tabaré Vázquez, Daniel Ortega y Fernando Lugo. Ninguno de ellos, sin embargo, ha dado pasos certeros para romper con el modelo heredado, aunque lo hayan flexibilizado y hayan producido diferencias significaüvas -en especial en los tres primeros casos, y más particularmente en Brasil, y tal vez en el último, que recién comienza-. Ese aspecto los diferencia de los otros gobiernos -con la excepción del gobierno cubano, que nunca pasó por el neoliberalismoEn compensación, privilegian los procesos de integración regional -aunque el caso nicaragüense sea particular- por encima de los tratados de libre comercio propuestos por los Esta dos Unidos. De esa forma, participan del Mercosur, de la UNASUL, del Consejo de Seguridad de América del Sur, del Grupo de los 20, del gasoducto continental, entre otras iniciati vas. Con estos proc esos, ju nt o con los los otros gobi ern os mencionados anteriormente, contribuyen no sólo al fortaleci miento de un espacio en el sur del mundo, sino también a la construcción de un mundo multipolar. Son los gobiernos aliados de los que más avanzaron en la ruptura con el modelo y en la construcción de modalidades superiores de integración, como el ALBA, Petrocaribe y otras. Pero también son gobiernos contradictorios, que deben hacer frente a políticas económicas heredadas de gobiernos neolibera les e implementan políticas exteriores de integración regional; distintos de los que hemos mencionado antes, sin duda, pero que conservan de ellos algunas características importantes, como el superávit primario, los bancos centrales independientes, etc. Lo que los coloca en el campo de los gobiernos progresistas es su forma de inserción inte rnacional, que privilegia privilegia la integración, a diferencia de gobiernos como los de México, Perú, Chile, Costa Rica y otros, que suscribieron tratados de libre comercio con los Estados Unidos, y al hacerlo hipotecaron su futuro y alienaron

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toda capacidad de regulación económica. Así se suman directa mente a las extensas áreas de las políticas de libre comercio, de la circulación irrestricta de capitales, del Estado mínimo, de las pri vatizaciones, del reino del mercado sin contrapesos. Por lo tanto, la línea divisoria fundamental en América Latina no se da entre una izquierda buena y una izquierda mala, como dicen tantos personajes de la derecha, co mo Jorg e Casteñeda, po r ejemplo, cuyo objetivo es dividir a la izquierda cooptando a secto res moderados y aislando a los más radicales. Ésa es una posición que favorece a la derecha. La línea divisoria fundamental es aquella que separa a los países que suscribieron tratados de libre comercio con los Estados Unidos y los que privilegiaron los procesos de integración regional. Ése es el criterio determinant e para juzgar a los gobiernos. Dentro de ese marco, está claro, como dijimos, que algunos avanzan firmemente en la dirección de la ruptura con el modelo neoliberal y la cons trucción de un modelo que podemos denominar posneoliberal, y que otros flexibilizan el modelo económico, desarrollan más políti cas sociales y participan de procesos de integración regional. En su conjunto, esos países generan dependencias mutuas para el futuro, mientras que los que firmaron tratados de libre comercio han que dado acoplados a los estadounidenses y a sus políticas. Cualquier agudización de las diferencias entre, por ejemplo, los gobiernos de Hugo Chávez y de Lula -que se diferencian en aspectos importantes-, favorecería a la derecha, aislaría al gobierno venezolano y, y, eventualmente, aproximaría al gobierno brasileño a los Estados Unidos y a sus aliados en el continente. La alianza entre los gobiernos moderados y los más radicales en el proceso de integración fortalece a ambos y a todo el campo pro gresista en su conjunto. Sin embargo, en un contexto internacional regresivo, la nueva modalidad de disputa hegemónica hace que, incluso en aquellos países donde los gobiernos avanzan en la dirección posneoliberal, sus proyectos no tengan un carácter francamente anticapitalista. Usamos el término posneoliberal para designarlos en la medida en que se contraponen de manera directa a la mercantilización que comanda los procesos neoliberales, pero sabemos que convi-

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ven con una fuerte presencia de grandes capitales privados -incluso internacionales y el gran capital financiero- y que dispu tan una nueva hegemonía en el marco de los mercados internos, de los parlamentos, de la dura lucha ideológica en la formación de la opinión pública. Cuanto más contundentes sean los elementos de desmercantili zación, de socialización en los procesos de nacionalización, de construcción de formas de poder popular, de construcción de consensos de socialización, de peso del mundo del trabajo, de capacidad de lucha contra la alienación, tanto mayores serán las posibilidades de transitar del posneoliberalismo hacia el anticapi talismo y el socialismo. Afirmar que sólo se sale del neoliberalismo yendo hacia el socia lismo es no comprender la dimensión de la regresión histórica representada por el pasaje del período histórico anterior al actual, en detrimento del socialismo, y no sólo como objetivo general, sino también como objetivo de las distintas formas de conciencia antica pitalista, del peso del mundo del trabajo, de las modalidades de organización popular. No se trata sólo de un acto de la voluntad, sino de reconstruir -y de hacerlo de nuevas maneras- los factores objetivos y subjetivos que puedan llevar a la lucha anticapitalista. Una manera posible, central en el período actual, es la lucha anti neoliberal y la construcción de alternativas posneoliberales. Una afirmación como ésa no percibe la correlación de fuerzas realmente existente a escala mundial y continental, de la cual es preciso partir. La izquierda, y en especial la ultraizquierda, tiene mucha dificultad para aceptar los reveses sufridos, y tiende a rea firmar tesis teóri cas genera les, do gma s y princ ipios , com o si tuvieran vigencia directa en los procesos históricos tal como sucede en los libros, sin la mediación de las condiciones concretas de los enfrentamientos de clase. Le resulta difícil asumir lo que Lenin y Gramsci tenían muy claro, es decir, que "la verdad es con creta". Y así se vuelve incapaz de comprender las dinámicas de procesos concretos nuevos, como los de Venezuela, Bolivia y Cuba, y no capta lo más importante que se vive en el continente. Ningún proceso revolucionario se realizó implementando tesis abstractas generales en la compleja y siempre heterodoxa reali-

EL DESAFÍO TEÓRICO DE LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA

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dad concreta. La Revolución Rusa no se hizo convocando a los obreros y a los campesinos para "construir el socialismo", sino para obtener "paz, pan y tierra"; la Revolución China, para expul sar a los invasores y realizar la revolución agraria; la Revolución Cubana, para derrotar a la dictadura de Batista; la Revolución Vietnamita, p ara expulsar a los invasores invasores y conquistar la indepe n dencia nacional; y, por último, la Revolución Nicaragüense, para hacer caer la dictadura somocista. Esos objetivos abrieron camino a la realización de otros más profundos -anticapitalistas en algunos casos, antiimperialistas en otros-, gracias a la capacidad de las direcciones revolucionarias de imprimirles esa dinámica a partir de aquellos primeros objeti vos concretos: transformar la conquista de la paz en Rusia a comienzos del siglo XX en la ruptura de las alianzas internaciona les con los bloques imperialistas; el pan, en la nacionalización y en la socialización de las grandes empresas; la tierra, en la revo lución agraria. Lo mismo ocurrió en los otros procesos revolucionarios, en las dinámicas de transición entre reivindica ciones concretas profundamente sentidas por las capas populares más amplias, que, además, sirvieron para establecer alianzas en la construcción del nuevo bloque social hegemónico y para aislar al régimen dominante. Cualquier propuesta estratégica tiene que estar anclada, antes que nada, en la realidad concreta, en la dinámica específica de los grandes enfrentamientos, con la conciencia de que todo proceso transformador tiene un aspecto necesariamente nuevo, hetero doxo, que debe ser captado, y no reducido a los cánones teóricos abstractos. Fidel Castro afirma que todo proceso revolucionario debe ser radical, en el sentido que Marx atribuía al término, es decir, ir a la raíz de las cosas, pero nunca en un sentido extre mista, en el sentido de tomar un aspecto de la realidad y extremarlo sin comprender el significado de cada proceso histó rico en su conjunto. El término posneoliberalismo es descriptivo y designa procesos nuevos, que son una reacción a las profundas transformaciones represivas introducidas por el neoliberalismo, pero todavía no han definido un formato permanente; es lo que se ve en Vene-

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zuela, Bolivia y Ecuador. No caracteriza una etapa histórica espe cífica, diferente del capitalismo y del socialismo, sino una nueva configuración de las relaciones de poder entre las clases sociales, que promueve la formación de un nuevo bloque social dirigente de procesos históricos sui generis, en condiciones mucho más favo rables a las fuerzas populares, cuyo destino será decidido por una dinámica concreta de construcción de Estados posneoliberales.

5. El futuro de América Latina

ETAPAS DE LA LUCHA ANTINEOLIBERAL

La lucha contra el neoliberalismo ya tiene historia, ha pasado por varias etapas -de la resistencia al inicio de la construc ción de alternativas- y ahora enfrenta un nuevo momento, el de la contraofensiva de la derecha, con las respuestas correspondien tes de la izquierda. En 1994, en el mismo año del lanzamiento del NAFTA, los zapatistas declaraban la resistencia a la nueva ola hegemónica. En 1997, Ignacio Ramonet, en un editorial de Le Monde Diplomatique, llamaba a la lucha contra el pensamiento único y el Consenso de Washington. El FSM de 2001 convocaba a la construcción de "otro mundo posible". Las manifestaciones contra la OMC, inicia das en Seattle en 2001, revelaban la extensión del malestar ante el nuevo modelo hegemónico y el potencial popular de la lucha de resistencia. Era una fase de resistencia, de defensa contra el cambio regresivo de gigantescas proporciones históricas operado por el pasaje de un mundo bipolar a un mundo unipolar, bajo la hegemonía imperial estadounidense, y del modelo regulador al modelo neoliberal. En el plano gubernamental, la consolidación de la hegemonía neoliberal se produjo por el pasaje de la generación derechista inicial (Pinochet, Reagan y Thatcher) a la segunda, que algunos de sus protagonistas reivindicaron como la "tercera vía" (Clinton, Blair y Fernando Henrique Cardoso) y que así ocupó casi todo el espectro político. Esa fuerza compacta comenzó a conocer sus límites con la elección de Hugo Chávez para la presidencia de Venezuela en 1998, y a partir de entonces se concentró en Amé-

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